HACIA UNA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL

EL DALAI LAMA

 

Martha Robles

El Dalai Lama se ha convertido, durante los últimos años, en la figura espiritual más simbólica, esperanzadora, abierta y peculiar de Occidente. Es un Buda viviente, “despierto” o iluminado” para unos quince millones de seguidores del budismo tibetano, y quizá también para los 400 millones de budistas que hay actualmente en el mundo. A pesar de que el budismo no es una religión, en estricto sentido, aunque se encuentre poblado de deidades y de mitos, su mensaje contra el sufrimiento y la aceptación de las cuatro verdades básicas –el nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte- ofrece tanto el consuelo o aprendizaje de vida como una vía convincente hacia la ecuanimidad, la comprensión, la tolerancia y la felicidad que otros credos ya no parecen otorgar a sus creyentes.

            Encerrados durante unos seiscientos años en el simbólico palacio de Potala, aquel pequeño universo consagrado al ritual, al estudio y a las devociones apenas lograba inquietar la imaginación de nuestros países. Todo se ignoraba sobre aquellos linderos míticos de los Himalaya. Orientalistas y exploradores como Alexandra David-Néel realizaron la hazaña de traspasar lo que parecía inescrutable y prohibido, especialmente para una mujer. Sus escritos orientalistas, sus diarios de viaje y sus cartas revelaron una forma espiritual de ser y vivir que desde entonces -años veinte y treinta- no ha dejado de embelesar a Occidente. Tíbet era una unidad rural y budista completamente cerrada, entregada a sus tradiciones, ajena a cualquier tecnología y particularmente al samsara (rueda de la vida) o vida cotidiana de su tiempo “exterior”.

            Como en pocos personajes de nuestra época, en la biografía personal del XIV Dalai Lama pueden leerse los grandes contrastes del siglo XX: líder espiritual y temporal del Tíbet, perseguido político, exiliado, un jefe de Estado que emprende la democratización de su pueblo desde Dharamsala, una antigua estación de descanso inglesa, a 400 kilómetros de Nueva Delhi, en donde lleva a cabo el rescate y la conservación de su cultura, seriamente amenazada. Un monje, por otra parte, que del más perfecto representante de una de las culturas tradicionales más antiguas, de pronto se convierte en viajero infatigable, emisario mundial del perdón y la compasión,  la mayor amenaza viva para la China monumental, conferenciante regular, maestro y ejemplo para el pensamiento europeo, modelo de resistencia y de pacifismo... Un hombre único por ser un Buda viviente, que asume su existencia en los términos más precisos y trascendentales de su enseñanza: hecho singular que lo hace, además, signo de congruencia, de apertura y generosidad.

            No es extraño, por todo eso, que su actual presencia en Europa haya inquietado a los jefes de Estado: aceptarlo a él y lo que representa, oficialmente, significaría condenar por oposición a China y su acción invasora. Así que, para no comprometerse con su misión de lograr la emancipación de Tíbet, al Dalai Lama se le ha tratado en España y en Francia sin las deferencias diplomáticas que exige su alta dignidad. Sus seguidores, sin embargo, han demostrado que los políticos con frecuencia son los últimos en advertir los fenómenos que trasforman las sociedades. Además de las multitudes que acuden a escucharlo, el fenómeno Dalai se ha constituido en un hecho que no se puede pasar por alto religiosa o socialmente: la ética espiritual de Occidente no sólo busca respuestas para lograr una vida digna mirando a Oriente, sino que, en los últimos años, ha crecido hasta más de 200 mil la cifra de seguidores del budismo tibetano en Francia y, respecto de España, se reconocen 20 mil budistas locales, cuyas prácticas tienden a atraer más y más adeptos cuanto mayor la inseguridad, la violencia y el sufrimiento que nos rodea.

Las primeras noticias del budismo tibetano mostraron a Europa una doctrina casi mágica para abatir el dolor y el sufrimiento; luego, al paso de décadas, la peculiaridad de los monjes encarnados y los procedimientos de selección de algún tulku  dejaron de ser prioridad en el anecdotario occidental para disponerse a absorber, en toda su plenitud, el mensaje de una doctrina que enseña lo opuesto a nuestra tradición judeo-cristiana; es decir, cómo vivir y entender la existencia, cómo ser tolerante y compasivo, como manejarse ante las ilusiones, la codicia, las esperanzas y los deseos. El budismo trasciende cualquier concepción monoteísta respecto del hecho de vivir y morir. Su idea del yo y del desapego, del orden y de la ética espiritual contraponen de manera inevitable la totalidad de los prejuicios que, desde la cuna, absorbemos como verdades inapelables, únicas y excluyentes.

A pesar de que sus palabras de amor y sus argumentos en pos de la felicidad no son radicalmente distintos de las de otros dirigentes religiosos, su apertura natural, su disposición risueña, la claridad y sobre todo ese genuino don compasivo con el que toca todos los temas, hacen diferente al Dalai Lama. Su sabiduría parece contrastar los contenidos dominantes de los monoteísmos que, quizá a su pesar, implican actitudes intransigentes, engañosas, fundamentalistas, condenatorias, indivisas de sentimientos culpables y colmadas de contradicciones que sólo generan dolor. Algo inimaginable en el mensaje principal del budismo tibetano, en donde la homosexualidad, las faltas propias, los crímenes, las adicciones y aun las bajezas deben comprenderse compasiva y amorosamente, a partir del conocimiento esencial de la frágil naturaleza humana.

De ahí la sorprendente certeza de perdón que el Dalai ha sostenido durante más de medio siglo, sin merma de su ánimo, ante el Estado chino que entró a saco y devastó el pequeño y pacifista Tíbet. No contento con arrasar miles de monasterios, destruir estatuas, libros y antigüedades el poder de Pekín, encabezado entonces por Mao Tse Dong y aun practicado a la fecha, emprendió una imparable tarea de aniquilación de generaciones enteras, de su lengua, sus devociones y sus costumbres. Abolió su sistema de producción, hizo traer gente de otras regiones para “poblar” e imponer leyes, idioma y un proceso de colonización e inclusive dañó la ecología, con un solo propósito: borrar hasta los vestigios del propio pasado. China amedrentró a los tibetanos con su comunismo militarizado. Mancilló una costumbre comunitaria y probadamente pacifista de cientos de años y, consciente de que ni con las más atroces crímenes, persecuciones y torturas lograría eliminar el budismo, tomó por su cuenta la elección y manejo de un “dalai” títere que permanece al margen de la legítima fidelidad al XIV Dalai Lama de los supervivientes seguidores del linaje Mahayâna.

¿Cuál es la atracción que despierta figura tan peculiar, el “Protector de la Tierra de las Nieves? Seguramente su mensaje de una nueva ética espiritual. Además de que lo que dice es lo que el desasosegado pensamiento occidental necesita y quiere escuchar, Su Santidad mantiene intacto el secreto de lo que asociamos con el mítico Shangri-La. Como líder real en un mundo real, encarna  el misterio de una conciencia superior en el mundo: algo inapreciable en una época de destrucción y violencia extrema, en la que parece cumplirse la sanción del Kali-Yuga, que entre hinduístas, significa la gran tiniebla, la edad negra, el fin de toda virtud, el triunfo de la ambición, de la falsedad, la mentira, la codicia y hasta del “orden correcto del mundo”.

Nacido en 1935, a sus quince años de edad se vio obligado a ocuparse de las necesidades de su pueblo, contra los feroces intereses de Pekín, Washington y Nueva Delhi. Con 100 mil tibetanos en el exilio y 6 millones que aún sufren en su patria la dominación china, este monje peculiar no ha dejado de pregonar el perdón compasivo. Reiteradamente ha dicho que su popularidad se la debe a sus verdugos: “Si los chinos hubieran tratado a los tibetanos como verdaderos hermanos, entonces posiblemente no sería tan popular”. Las matanzas, sin embargo, son un hecho actual y, a la fecha, no hay indicios de que la feroz política, aplicada sistemáticamente contra la población, sea modificada por las autoridades de Pekín, a pesar de la condena mundializada.

Distinguido con el Premio Nobel de la Paz en 1989, Su Santidad no ha desperdiciado esfuerzos para lograr la autonomía y la conservación de su cultura. Emblema de amor y tolerancia, su presencia ha cobrado una inusitada significación política en el mundo, quizá a su pesar. No hay país ni ocasión pública en que una muchedumbre disímil no acuda a escucharlo. Y a pesar de representar una doctrina ajena a cualquier proselitismo o incitación de fe, ahora se obtienen fondos en Occidente provenientes de conferencias, videos, libros, lecciones públicas, ayudas y entrevistas para subsanar los gastos de educación y subsistencia de los tibetanos en el exilio.

Una de las historias más fascinantes, la del Dalai Lama contiene todos los ingredientes –espirituales, políticos, carismáticos y sociales- para comprender los signos distintivos de nuestra época. Obligado a emigrar a Dharamsala, en el norte de India, en 1959, desde sus 24 años de edad su vida ha estado consagrada a dos funciones primordiales: personificar uno de los aspectos esenciales de la budeidad y transmitir su sabiduría esencial no sólo con la intención de democratizar el milenario estado tibetano, sino para difundir un arte de vivir basado en los contenidos doctrinarios del budismo que suponen el más alto respeto por uno mismo y por los demás.

Portador de la no violencia, difiere de Gandhi por el mensaje que cifra en la iluminación su más alto propósito. Este “Océano de sabiduría” es una encarnación de Avalokitésvara, uno de los bodhisattava o  o budas, el de la compasión, más importantes del linaje Mahayâna. Como los 13 Dalai que lo anteceden desde el siglo XIV en que se fundó el linaje, se considera a Tensin Gyatso un tulku o forma renacida de su predecesor inmediato.  No obstante, el budismo data más o menos del siglo V a.C., lo que la hace la doctrina más antigua de nuestros días. A sus dos años de edad Tensin fue “reconocido”, de acuerdo a la tradición, como la encarnación del XIII Dalai Lama, su antecesor. Fue rigurosamente educado en Lhasa, capital de Tíbet, y allí mismo se realizó la ceremonia de su “entronización”, a los cinco de su edad, el 22 de febrero de 1940. Tras presentar sus exámenes preliminares en las tres universidades monásticas más prestigiadas de su país, el Dalai tuvo que abandonar Tíbet en una de las aventuras por los Himalaya más arriesgadas, increíbles y fascinantes de que se tenga noticia.

Doctor en metafísica o filosofía budista, a sus 68 años de edad ostenta una robusta y alegre humanidad. Dice que una vez consumada la autonomía democrática de su pueblo no desea más que convertirse en un monje común, entregado a la meditación y ajeno a las responsabilidades de liderazgo que lo ocupan. Ama el cuidado de los jardines. Le gusta el cine y trabaja unas 18 horas diarias. Sus jornadas comienzan, con la meditación, a las tres de la madrugada. Come frugalmente y jamás se le ve triste o cansado.

Ha promovido, en Dharamsala, la creación de un sistema educativo para los niños refugiados, así como el rescate de cuando menos 200 monasterios. Fundó el Instituto de Artes y transformó en universidad el que fuera Instituto de Estudios Superiores Tibetanos. A la fecha, el gobierno en el exilio cuenta con un Parlamento y todos los fondos obtenidos se destinan a la conservación, por estos medios, de la sabiduría, la lengua y las artes tibetanas. Ha llevado el mensaje budista a Occidente, como nunca antes se había hecho en la historia y, de ser una práctica local, la del linaje Mahayâna se está convirtiendo en una de las doctrinas más seductoras y convincentes en nuestros países occidentales: un fenómeno tan inusitado como la revolución espiritual que estamos presenciando en todo el planeta, a pesar de la brutalidad y la injusticia ejercida por los nuevos modelos económicos globales.

Al releer el fascinante diario de viaje de Alexandra David-Néel corroboramos que ni las mentes más avezadas y empeñosas de la primera mitad del siglo XX pudieron imaginar este fenómeno expansivo del budismo: una doctrina que, a sus dos mil quinientos años, parece la más joven, expansiva y sabia del tercer milenio. En el centro de estos cambios revolucionarios brilla en solitario la inteligente figura del Dalai Lama quien está convencido de que no habrá de triunfar el signo nefasto que nos envuelve porque el diálogo, la compasión y la sabiduría nunca serán en vano.

mrobleso@excite.com

FIN DEL ARTÍCULO. MARTHA ROBLES. OCTUBRE 13 DE 2003