TENDENCIAS DEMOGRÁFICAS

 

MULTIPLICACIÓN DE POBRES

 

Martha Robles

A falta de noticias más intimidantes, al INEGI correspondió espantarnos al comenzar el año: ya somos casi 105 millones de mexicanos. El dato no aclaró la inclusión de residentes en los Estados Unidos, lo que sumaría, cuando menos, otros 20 millones. Nos reproducimos a una velocidad muy superior a la aptitud para resolver viejos y nuevos problemas. Firmes en el subdesarrollo, nuestra fábrica de pobres nos impide realizar lo que, etimológicamente, significa la <<patria>>: una agrupación de hermanos. Disímiles económica, social y educativamente,  no nos unen aspiraciones ni conquistas históricas sino la sola pertenencia territorial en este conglomerado de personas, lenguajes, sincretismos y graves carencias.

            Se calcula que en el 2025 seremos 150 millones de habitantes en el país. De no resolver la contaminación en la Ciudad de México, los especialistas aseguran que deberá ser evacuada. ¿Hacia dónde correr? Por otra parte, la tendencia expansiva de la miseria durante las próximas dos décadas obligará a sus víctimas a autoemplearse, lo que con seguridad significará un atractivo rendimiento para las empresas que pronto estarán monopolizando los microcréditos. No existirá entonces, como no existe hoy, un presupuesto suficiente para atender la demanda de educación.  Nuestra pobreza creciente, por tanto, adquirirá el doble rostro del ignorante marginado del bienestar y el de un pueblo atrapado en ciudades ruinosas; asolado por el estancamiento o el retroceso espiritual: sin lecturas ni acceso al arte; sin desarrollo del pensamiento ni de la ciencia contemporáneos. Seremos, como ya somos, una sociedad “de segunda”, con mayoría apenas alfabetizada, con escasas o ningunas letras.

Lo conocido estará agravado por el fenómeno demográfico: abandono de niños, prostitución infantil, deterioro familiar e incremento de niños de la calle; insalubridad, falta de viviendas dignas, de servicios asistenciales y medicina social. Si ahora el desempleo es terrible, el problema suscitará mayores conflictos, incluida la forma de vida y la estructura urbana.

Si formados académicamente, los jóvenes profesionistas ya enfrentan consecuencias inocultables por nuestro gradual deterioro cultural. Pero en pocos años será más frecuente y peor la imagen de un doctorado, de un escritor o científico para quienes no existe ni un lugar ni oportunidades en su sociedad. Irresoluble hoy mismo, la inequidad de género tampoco ofrece alternativas de solución en los próximos años debido no sólo al obvio deterioro institucional, sino al descenso general de la población a consecuencia de la economía de mercado y de los gobiernos infames que nos han tocado en suerte.

El panorama mundial previsto para los próximos cincuenta años es intimidante en unos aspectos y alentador en lo que respecta a la inevitable unificación e intercambio de razas y culturas. El sida es y seguirá siendo devastador. Según la ONU, aunque las probabilidades de contraer la enfermedad se reduzcan drásticamente para el 2015, durante medio siglo continuará considerándose una epidemia pavorosa. En 1998, eran 34 los países “gravemente” afectados por este mal; en el 2001 la cifra ascendió a 45 (35 solamente en África subsahariana). Aún se calcula que unos 15.5 o 16 millones de personas infectadas habrán muerto al término del año 2005. No obstante, es importante señalar que aun siendo el África negra y concretamente países como Botsuana o Zimbabwe, donde más del 25% de la población está infectada, la región del mundo con más altas tasas de mortalidad, su población no decrece debido al altísimo índice de nacimientos.

También de acuerdo a las previsiones demográficas de la ONU, para los próximos 50 años la situación social y económica de África será infinitamente peor que la de Latinoamérica. Hacia el 2050 -aunque en la actualidad ofrezca una paridad demográfica con Europa (13%)-, el conjunto de pueblos africanos estará tres veces más poblado que el viejo Continente, a pesar de que durante la Segunda Guerra Mundial éste representaba el 22% de la población total y África solamente el 8%. Tal hecho lo convierte en un proveedor natural de gente, la fábrica por excelencia de “condenados de la tierra”.

Si bien para los pueblos más miserables el crecimiento demográfico implica un drama imparable, a pesar de sus altos índices de mortalidad, los ricos enfrentan el fenómeno opuesto –el decrecimiento-. Tal desigualdad, en apenas medio siglo, convertirá a Europa en otro “melting pot”, a la manera de los estados Unidos. Los pobres del sur nos constituiremos en proveedores sistemáticos de población joven, trabajadora, pagadora de impuestos, distribuidora de servicios y en edad de reproducirse en el universo del norte. Paradójicamente, la inmigración será la única alternativa de salvación para una Europa caduca, envejecida y obligada a pagar pensiones altísimas a los “retirados”. Así, para seguir siendo Europa, tiene que dejar atrás la antigua y ya inoperante idea de Europa.

La realidad española se cuenta entre las más pesimistas, seguida por Italia, Alemania, Francia, Inglaterra... Lisa y llanamente, a pesar de los estímulos existentes, se niegan a reproducirse. Cuando al fin se deciden, no es infrecuente encontrar españolas cuyos únicos embarazos ocurren en torno de los 40 años de edad: un dato más para calcular el envejecimiento de la población. De entre la Comunidad Europea España es actualmente el país con la menor tasa de fecundidad. Se calcula que, de no cambiar la tendencia de manera radical, será el país más viejo del mundo dentro de medio siglo, con una edad media de 55 años.

Para ilustrar el alcance de esta crisis de equilibro demográfico y sus implicaciones sociales y económicas es importante pensar que en tanto y en la actualidad los países más viejos del mundo son Japón con una media de 41 años e Italia con 40, los más jóvenes ofrecen cifras alarmantes. La población media de Yemen, Nigeria y Uganda se calcula por debajo de los 16 años de edad. Se espera que en las próximas décadas el promedio ascienda 21 años, unos cinco más que la media actual. Por sí mismo, este solo hecho, aunado a la miseria que expulsa de sus regiones a los más jóvenes, obligará a los europeos a recibir un promedio de un millón de inmigrantes anuales por país en los años que corren.

La realidad migratoria ha comenzado a modificar el hábeas legal de la Comunidad Europea y del mundo del futuro: algo inimaginado al término del siglo XX.

Estamos viviendo ya, aunque de manera un tanto velada, una transformación radical del dibujo étnico-cultural del mundo conocido. Mestizada por necesidad, la Europa de las próximas décadas ha comenzado a prefigurarse con los movimientos del sur hacia el norte y del este hacia el oeste. Aunque no imposibles de imaginar, todavía parecen difíciles de asimilar algunas imágenes que serán la vida cotidiana del futuro próximo; por ejemplo, un presidente alemán de raza negra y origen africano; un ministro inglés nieto de indocumentado analfabeto; un descendiente de rumano, húngaro o búlgaro convertido en defensor de la lengua española y así sucesivamente.

La realidad demográfica será el motor de los derechos y las nuevas concepciones del mundo en poco, muy poco tiempo y a pesar de las resistencias. Pensemos, por citar sólo un aspecto, que más del 60% de los mexicanos es menor a los 18 años de edad. La mayoría es de sexo femenino, lo que conlleva desafíos en la discriminación, deficiencias generales, marginación, ignorancia, ausencia de oportunidades,  desempleo... En tales jóvenes y su característica deficiencia educativa y cultural descansará el deber de soportar una sociedad con millones de viejos; pero también la responsabilidad de resolver desde el retroceso histórico hasta la demanda de servicios y satisfactores de un país superpoblado y con sus recursos ambientales profundamente destruidos. Todo eso agravado, además, por un hecho del que poco se habla en nuestros días: el promedio de vida ascenderá a unos 78 años de edad.

            No planificar a mediano y largo plazos ha sido una de nuestras más pertinaces características. Tal deficiencia es explicable por nuestra imposibilidad histórica –desde el conflictivo siglo XIX- de siquiera resolver el presente. Tenemos que considerar, sin embargo, que si ahora mismo nos parece cuesta arriba la situación, en unos años será peor por acumulación de errores, destrucción sistemática de nuestros recursos ecológicos e incremento de gente, la mayoría convertida en “carne” de migración.

            Con razón se lamentaba Manuel Gómez Morín iciendo: “México... ¡Mi pobre México!

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FIN DEL ARTÍCULO. MARTHA ROBLES. ENERO 6 DE 2004