Signos Alejandrinos

 

El Aviso del Fuego

 

Por MARTHA ROBLES

 

Por minutos cambia el juego; no así el propósito de ganar a toda costa, igual que ocurriera en la antigüedad. Estamos a las puertas de una transformación radical en la política del mundo. Comienza el tiempo de los gobernantes abominados por sus pueblos, no obstante elegidos, y de pueblos sumidos en el horror de la incertidumbre: algo semejante, aunque peor a lo sucedido durante el ascenso del Imperio romano, porque ahora se pone en riesgo la vida misma del planeta. También se repiten antiguos augurios que, a querer o no, nos hacen recordar la peculiar, sangrienta y tormentosa historia del Oriente Medio.

No obstante circular en algunos aspectos, como creyera Vico, la historia va incorporando sus propios símbolos y la tendencia a empeorar lo repetido. Ahora a gran escala, entre países y bloques poseedores de armas, negocios y riqueza, la política se desatiende de la muchedumbre de pobres, aunque compromete su porvenir en sus decisiones trascendentales. A la sombra de una guerra de lenguajes, engaños, mercancías y acomodo de poderes, carecen de significación los confinados en el Tercer Mundo, los nórdicos aislados en su realidad cerrada y las tribus que deambulan sin más expectativa que sortear el camino y triunfar sobre la adversidad de cada día. Sin ellos -sin nosotros-, sin embargo, el dominio de los menos carecería de sentido.

Hay un hombre por sobre los demás; un poder superior y un Estado que pretende gobernar a los otros: nada nuevo en la historia, aunque se supone que las instituciones internacionales modernas nos preservarían de la barbarie. Los ingenuos creyeron que esa tentación de dominio total estaba abolida. Ante las controversias entre los símbolos de Washington y Bagdad (la otrora Babilonia), sin embargo, aparece otra vez desde Alejandría, como sucediera con frecuencia en la antigüedad, el misterioso aviso del fuego con que las fuerzas oscuras solían anticipar el advenimiento de sucesos dramáticos.

Apenas inaugurada la Nueva Biblioteca de Alejandría, el 16 de octubre de 2002, en la Corniche o legendario paseo marítimo de aquella ciudad rica en indicios desatendidos, y ya sufrió hace un par de días su primer incendio, como si obedeciera a una extraña consigna del destino. No obstante presidida por el Estado egipcio, en su proyecto de reunir el saber, las lenguas, los alfabetos, el arte y las ciencias de un gran número de culturas, participaron capitales de árabes petroleros y la ayuda europea: un signo revelador si consideramos el antecedente plural y multirracial que distinguió el esplendor y la apertura del Museion que diera origen a la primera tentativa histórica de universalizar el conocimiento.

Las 240 mil obras existentes en la actualidad son escasamente representativas de los ocho millones que se pretende albergar en un recinto diseñado para consagrar el saber y la razón por encima de los credos, la intolerancia local e islámica o los negocios y problemas que campean en el Oriente Medio. Las llamas, sin embargo, volvieron a repetirse en una hora que, como en la caída de la dinastía fundadora, la amenaza de una guerra de expansión se cierne sobre el mapa de los más significados imperios. Hasta parece que los dioses olvidados estuvieran resurgiendo y que, como antes, los dueños del mando se empeñaran en desoír sus mensajes. Y no sólo es la señal del incendio. También se repiten la inconformidad de las masas, los gritos de advertencia, una misma codicia y los giros políticos que modifican en cosa de días, lo que se tenía por seguro o instituido en bien de los pueblos.

En el pasado remoto se consideraban augurios, fastos o nefastos, lo que en la actualidad se tiene por indicadores de advertencia o peligro. En el pensamiento mágico se ocultaba algo de verdad porque ningún hecho singular parecía separado del recado de las entidades. La mentalidad actual está lejos, muy lejos de reconocer un valor, por leve que parezca, en los lenguajes sutiles, aunque estos estén empeñados en mostrarse. Y aquella región, misteriosa como es a pesar de sus cambios tumultuosos, ciertamente persiste en prodigar vestigios proféticos que sólo cuando se ha pisado esas tierras cobran sentido: ¿estamos acaso ante el nacimiento de un nuevo imperio, de un poder ahora llamado potencia que no hace sino llenarse de señales adversas?

El establecimiento de grandes imperios, desde la noche de los tiempos, se ha acompañado de signos: eclipses, marejadas, aves que aparecen o se pierden, sequías o tormentas... Los profetas se encargaban de interpretar sueños, conflictos o sucesos naturales y supranaturales, de acuerdo al interés, la curiosidad o el miedo de los líderes. Lo importante no era el hecho en sí, sino adivinar hacia dónde se inclinaba el péndulo de la Fortuna, indivisa generalmente de los arreglos del poder. En plena agonía del reino ptolemaico, presidido por la legendaria Cleopatra VII cuando fuera más notable la intervención femenina en los asuntos de Oriente y Occidente, se sucedieron los avisos del destino y, a pesar de que los dioses prodigaban a los romanos sus favores, la talentosa y peculiar alejandrina se empeñó en abatir la adversidad. Fuera mediante la seducción o la argucia, quiso triunfar, aunque en vano, sobre el dictado de las Moiras. Desde entonces quedó en claro que los dioses, aquellos dioses, habían sido abatidos o cuando menos sustituidos por nuevos nombres, otros rostros, otra lengua y colocados en templos también transformados para espejear los mensajes de los implacables romanos.

Pese a los empeños reiterados de los dominadores, nadie, nunca, le ganó la batalla a los dioses. Su voluntad podría ablandarse y modificarse en pormenores; pero jamás se supo que una entidad fuera derrotada en asuntos mayores, donde determinaba la sentencia del Hado. Y las cuestiones de Estado, por excelencia, se han teñido de supersticiones, encubiertas con engaños y enaltecidas o condenadas por los prelados, cuyo poder también ha oscilado en medio de marcas extraordinarias, que perecen inseparables de los acomodos del mando.

Una de ellas, acaso la más temida, se cifraba en el fuego. Fuego hubo durante las nupcias de Olimpia y Filipo de Macedonia. Y el fuego reapareció, meses después, en el templo de Diana Efesina mientras la implacable sibila, Olimpia, paría al "Rey del Universo', auxiliada por Nectanebo. Este era un enigmático egipcio que, mezcla de sabio, mago, político y amante, hizo de Macedonia algo más que un refugio donde compartir sus secretos con la mujer del guerrero y monarca tuerto. A él se atribuye la paternidad de Alejandro y la profecía de que en Egipto, precisamente, el conquistador cambiaría el signo del mundo, al través del saber que Nectanebo mismo amaba por sobre todo. Y a Nectanebo se atribuye, además, el anuncio de que su Egipto milenario conservaría la gracia, o la desgracia, de anticipar hecatombes y grandes transformaciones.

Ante la profusión de versiones nefastas sobre la destrucción del afamado santuario, que para muchos en Babilonia se tuvo por mal agüero, Hegesias el Magnesio quiso arreglar el ánimo de Filipo --padre "legal" de Alejandro-- diciendo que cómo no iba a quemarse el templo, si Diana lo había abandonado para asistir personalmente el parto del niño, que desde antes del nacimiento se tuvo por prodigioso. De interpretaciones como ésta está llena la antigüedad. Lo cierto es que, por coincidencia o designio divino, la vida y tanto las destrucciones como las obras mayores de Alejandro quedarían marcadas por el símbolo de las llamas. El mismo hizo incendiar Persépolis, "la más hermosa de las urbes', quizá como venganza contra los persas, ya derrotados, o porque una prostituta influyó en su ánimo durante una de tantas sesiones en que el monarca se entregaba al delirio dionisíaco. En las llamas que abrasaban el cadáver del meditador que lo siguió desde el Indo advirtió el joven monarca que su fin estaba próximo. Poco después lo atacarían las fiebres y era tanto el calor que lo abrasaba que se arrojó a un estanque creyendo que así mitigaría el fuego de su cuerpo. Malaria o pulmonía, nadie sabe la causa de su muerte; pero, entre cuentos, crónicas, leyendas y relatos novelados, se induce que el fuego interior se lo llevaba.

De entre la profusión de incendios que aún siglos después de su muerte seguían enturbiando la memoria del macedonio, el ocurrido en los muelles de una Alejandría fundada por él, trescientos años atrás, y ocupada desde el año 48 a.C. por las naves de Pompeyo (justo donde hoy se sitúa la Nueva Biblioteca), pasaría a la historia entre las grandes tragedias del saber y la inteligencia. Otras ciudades que llevaban su nombre desaparecieron en diversas regiones; unas a causa de las llamas; otras, por el movimiento de los cambios sucesivos. Cenizas, muchas cenizas enturbiarían su memoria y aún se cree que el fuego, en alguna estación de tantos dominios religiosos como hubo en Alejandría, se llevó sus restos para siempre.

Durante la mal llamada "Guerra Alejandrina', César llegaría a Egipto hacia octubre de ese año, apenas unos días o semanas antes de que la célebre Biblioteca fuera arrasada por las llamas. Desolada, Cleopatra lloró por los libros, pero no descuidó el destino de sus cetros. Sedujo a César y mientras el cónsul de Roma vencía durante la primavera siguiente a Pharnaces, en Zela, donde emitiría su celebre frase Veni, vidi, vici, la monarca, ya preñada, procuraba rescatar los restos de su imperio a la sombra de los nuevos dominios que acabarían derrotándola.

Construir una Biblioteca sustituta de la anterior estuvo entre los empeños simbólicos de Cleopatra por conservar el poder. Se sabe que Pompeyo (nombre revelador) restituyó algunas obras perdidas; pero es innegable que las legiones embarcaron a Roma lo mejor del acervo, antes o después del incendio, porque tal, junto con los saqueos de Atenas y Pérgamo, principalmente, sería el fundamento del esplendor cultural del Imperio y, de manera simultánea, uno de los indicios visibles de la agonía de los dominios locales. Ya desde entonces y aun antes, el Medio Oriente era un hervidero de codicia, guerras, intolerancia y rebatiñas. Alejandría, sin embargo, continuaba buscando designios benéficos para escapar a la fatalidad, pero su ruina había sido preparada minuciosamente por sus corruptos antecesores.

En medio de sucesos, que oscilan entre lo fantástico y lo anecdótico; lo extravagante y la política fallida; y entre lo desmesurado y lo desesperado, Roma acabó adueñándose de Egipto y de la vasta región medio oriental, que justo ahora protagoniza una situación que nos hace recordar el nacimiento de otro imperio; en esta ocasión, el de los Estados Unidos en un mundo asolado por el miedo, amenazado por el poder de las armas, gobernado por un bobo autoritario que en nada evoca a los estadistas y guerreros romanos y sujeto por el inabarcable alcance del dinero.

Así como en la escritura quedaría uno de los símbolos mayores del cambio que, inevitablemente, se cernía sobre la región, sobre los sucesores del conquistador macedonio e incluso sobre el helenismo, indiviso de la más notable memoria de Alejandría, parece hoy anticiparse algo tremendo alrededor del significado del libro. Es como si, desde el cuarto piso de la Nueva Biblioteca, hubiera brotado el fuego propiciatorio; el fuego devorador del templo consagrado potencialmente al conocimiento y a la razón de nuestra época. Un saber que quizá nunca llegue a reunirse.

Los indicios --ya se sabe-- son sólo eso: meros indicios. Lejos estamos de dotar de sentido mágico a los sucesos que nos rodean. Pero la historia es la historia y, misteriosa o no, sólo ella abunda en coincidencias y respuestas que nos permiten interpretar lo carente de lógica. Por alguna razón, que nadie en su sano juicio podría aceptar, ocurren, sin embargo, cosas y señales que se antojan extraídas de los misterios proféticos. Alejandría mira al Mediterráneo. Descansa en Africa, aunque fuera esencialmente griega. Tiende uno de sus brazos hacia Oriente y el otro hacia Occidente. Los cuatro puntos cardinales convergen en su Nueva Biblioteca, ya tocada en uno de sus pisos por los agüeros milenarios.

Como en el año 47 o 48 a.C., los buques armados circundan las aguas de la región. Irak está en la mira; pero también el resto de sus vecinos, quizá hasta abarcar el mapa dibujado por Alejandro, luego por Julio César, después fragmentado y vuelto a codiciar, una y mil veces, hasta convertirse en sueño petrolero de un texano, que desde su sede en Washington, envidia el poder, el talante y el arrojo de sus mayores, que desearíamos irrepetibles.

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