Editorial

 

O Juárez o Bush

 

El actual Poder Ejecutivo de los Estados Unidos Mexicanos, no muy dado -documentadamente- a la filigrana política ni mucho menos al filifí diplomático, camina con aparente vacilación y constantes fluctuaciones sobre el proverbial filo de la navaja con respecto al nuevo proyecto de resolución del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, propuesto por los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra y España para darle una pátina delgada de legalidad a la guerra contra Irak y sustraerse, de esa guisa, de los constreñimientos morales y éticos de la agresión militar, la cual ya sido decidida por Washington. Ese proyecto de resolución contempla fijarle a Irak un plazo de diez días para desarmarse (EXCELSIOR, 8\III\03). El ultimátum desconoce deliberadamente que el gobierno iraquí ya se está desarmando.

Por ello, se acentúan las suspicacias públicas, en México, Estados Unidos y otros países -como Chile-, de que el Presidente Vicente Fox y su secretario del despacho de Relaciones Exteriores, Luis Ernesto Derbez, no han resuelto aún cómo votará México a la hora de someter el citado proyecto de resolución estadunidense al juicio de los miembros no permanentes del Consejo (EXCELSIOR, 8\III\03).

Es de temerse que los señores Fox y Derbez estén apostando a que se eslabonen en el Consejo de Seguridad ciertas circunstancias políticas que le permitan al gobierno de México votar a favor de Estados Unidos sin alienar a la opinión pública mexicana ni la susceptibilidad de otros gobiernos.

En efecto. Un día el Presidente habla del tema y enuncia las premisas del voto mexicano en el Consejo, calificando la decisión como una de Estado, pero al día siguiente se desdice y desconoce los asertos de la víspera y propone realizar una consulta nacional para sustentar la posición mexicana, ignorando lo que en materia de política exterior establece la Constitución Política, la cual consigna como inalterables principios rectores de nuestra conducta internacional las luchas históricas del pueblo de México por su independencia y su soberanía.

Cabe señalar que esos principios -definidos con nitidez en nuestra Carta Magna- acusan hoy mayor vigencia que nunca precisamente por los comportamientos intervencionistas, unilateralmente agresivos, de Estados Unidos para hacerse por la vía violenta del control de las materias primas de otros países. Esa obvia veleidad del Poder Ejecutivo con respecto al voto de México en el Consejo de Seguridad desconoce, asimismo, ciertos imperativos jurídicos de nuestra vida institucional. Si, como dice el Presidente, ese voto deberá representar una decisión de Estado, entonces lo que tiene que hacer es consultar con los demás órganos estatales, en particular el Poder Legislativo. Si el voto mexicano fuese consecuencia congruente de una consulta con los demás órganos del Estado, la decisión de nuestro gobierno no debiese significar dilema mayor ni vacilaciones de laya alguna.

Lisa y llanamente, nuestro voto debe ser contra la guerra de Estados Unidos a Irak, fundamentándolo no sólo filosóficamente -en términos de nuestra historia, ideología pacifista y política nacionalista-, sino también crematísticamente. Abundemos en la convicción de que a México le conviene situarse sin ambages y con claridad y firmeza del lado de la paz en general y contra la guerra en particular, reiterando su profunda vocación juarista por el desenlace pacífico de los conflictos entre países, la No Intervención de un Estado en los asuntos de otros y la Autodeterminación de los Pueblos. El señor Fox ha calificado inclusive la naturaleza de otros gobernantes y gobiernos, incluyendo al mandatario Iraquí -a quien describió como "tirano'- y, antes, al propio Presidente de Cuba, Fidel Castro. La alusión peyorativa a Saddam Hussein le hace el juego al Presidente George W. Bush, quien esgrime que una de las razones para hacerle la guerra a Irak es derrocar a un "tirano" e implantar la democracia en ese desdichado país.

Los mexicanos registran la voluble actitud de nuestro Mandatario como un choque de tendencias. Se registra que si fuese llevado por sus emociones e inclinaciones personales, el Presidente desearía sumar el voto de México al de Estados Unidos, dado que hay afinidades ideológicas y políticas con el Presidente George W, Bush e insoslayables intereses económicos, amén de una amistad que se presume sólida. Pero también se registra la otra cara del dilema: el Presidente Fox debe racionalizar la decisión de México en el Consejo de Seguridad sobre silogismos muy claros, los de nuestra Constitución Política. El Presidente no parece desestimar el costo político electoral, aquí, de que México vote a favor del aventurerismo bélico estadunidense; ello podría influir en el desenlace electoral en julio próximo y reducir a cenizas las aspiraciones de lograr mayoría concomitante en la Cámara de Diputados. Una mayoría afín podría permitirle al señor Fox diseñar y aplicar, finalmente, su proyecto de país y de esa forma emulsionar -reactivar- su gestión sexenal acusadamente estancada y precaria de logros. El dilema en el Poder Ejecutivo ante cuáles caminos tomar aconseja imprimirle a nuestras relaciones internacionales el ímpetu ideológico y político de los apotegmas de nuestros prohombres -en particular Benito Juárez- a favor del Derecho y la Justicia en los tratos entre los individuos y las naciones. Lo opuesto -subordinarnos a imperativos circunstanciales, de efímero resultado, creados por el carácter imperial de la política exterior de Estados Unidos- nos traerá descrédito y nos convertirá en cómplices de un imperialismo global destinado, por determinismo, a la suerte histórica corrida ya por los imperios romano, español, británico y soviético. La grandeza de México reside, imprescindible es recordarlo, en la solidez y fuerza de sus principios morales en materia de las relaciones con los demás pueblos del mundo. Preocuparía que el dilema para el señor Fox fuere, como parece ser, el de colocarse al lado de Juárez o a la vera del señor Bush. La mejor defensa de nuestros intereses -los de nuestra independencia y nuestra soberanía- se sostiene sobre los pilares inamovibles de la resolución pacífica de controversias y conflictos y no los de sumarnos, por un espurio concepto del pragmatismo político, a los designios estadunidenses. El Presidente Fox debe tener en cuenta que para los mexicanos no hay disyuntivas ni dilemas. Estamos con Juárez, no con el Presidente Bush.