Editorial

 

Fracaso de la Política

 

La semana precedente concluyó con un hecho ominoso para el mundo. Mediante un fiat que acusa ribetes imperiales, el gobierno de Estados Unidos -apoyado por los de España e Inglaterra- le habría dado la última oportunidad a la diplomacia en el objetivo de hacerle la guerra a Irak, derrocar al régimen político que encabeza Saddam Hussein, administrar las provincias de ese país, "establecer la democracia" entre los iraquíes y, predeciblemente, alzarse con las vastos yacimientos de petróleo y gas natural que existen en ese territorio cuna de civilizaciones (EXCELSIOR, 16/III/03).

Esa decisión de Estados Unidos, España e Inglaterra de darle la "última oportunidad" a la diplomacia fue ratificada ayer en las Azores por el Mandatario estadunidense, George W. Bush, y los jefes de los gobiernos español e inglés, José María Aznar y Tony Blair respectivamente. El señor Bush dijo, incluso, que había llegado el momento de la verdad y que independientemente de cualesquier acciones en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas los tres países le harían la guerra a Irak. El acuerdo de los tres mandatarios en el archipiélago portugués en el Atlántico fue, en realidad, un ultimátum. Es de temerse que hoy por la noche el Presidente Bush haría pública en su país una declaración formal de guerra.

Este ultimátum es una expresión del renacimiento de una añosa práctica histórica estadunidense, la de la diplomacia del garrote, elevada a la jerarquía de política exterior del gobierno que presidió Theodore Roosevelt, de 1901 a 1909, emblematizada en un dicho frecuente de ese mandatario: "habla suavemente, pero esgrime un gran garrote".

El ultimátum de Bush entraña una falacia, pues la definición misma del quehacer diplomático es la suma de habilidades, delicadezas y eufemismos propios del estilo de conducir las relaciones entre los estados y, en un nivel más personal, entre los propios gobernantes.

La diplomacia, como la guerra, son extensiones de la política, entendida ésta más allá de sus ampliamente documentadas confusiones etimológicas, terminológicas y conceptuales y de su sentido aristoteliano; entendida, pues, como ciencia y como arte y, como dicen algunos teóricos, herramienta para traducir lo imposible en posible en la interacción humana y de los intereses que éstas crean y representan.

Abundemos en el significado de la diplomacia a partir de la premisa de que ésta es, en su sentido más horizontal, el manejo de las relaciones entre los estados; también es el arte -o el oficio- de gestionar o, bien, de negociar los asuntos de ambos vis-a-vis los intereses de cada quien. Así, los problemas o discrepancias entre estados se solucionan sin apelar a las armas o a la violencia o a cualesquier otras formas disimuladas de guerra como son las operaciones encubiertas, clandestinas o secretas para desestabilizar a un Estado o a un gobierno.

Hoy, la diplomacia es multilateral. Dadas las características del mundo actual, que son las de la interdependencia en gradación variopinta -que incluye la dependencia- y la globalidad, las relaciones entre los Estados es simultánea sobre asuntos específicos y, a la vez, las de un Estado con los organismos internacionales de naturaleza mundial, así como la representación de los países en los foros y conferencias internacionales.

 El multilateralismo -que es un término propio del Derecho Internacional- tiene por referencia la negociación, el trato, la contratación, el diálogo y el comercio o cualesquier otras relaciones entre varios países. Condición indispensable en el multilateralismo es la de que todos los países son pares en los asuntos de que se trata. Por ello, la diplomacia multilateral es central para el mantenimiento de la paz mundial.

Visto así, el ultimátum del presidente Bush de darle una oportunidad última a la diplomacia es, en realidad, el fracaso de una vertiente de la política para privilegiar otra, la de la guerra.

La interpretación corriente es la de que al fracasar la diplomacia como uno de los mecanismos más eficaces de la política equivale al fracaso de los políticos. No debe soslayarse que los políticos son los que hacen la política.

Para el mundo, la diplomacia -es decir, la política- no ha fracasado; ha sido desestimada por los intereses económicos, políticos, inclusive los sociales y culturales de guerra en Estados Unidos.

Es de temerse que ese fracaso de la política es un quebranto deliberado -una manipulación perversa- del Presidente Bush y la élite que ejerce el poder real en Estados Unidos y, por inferencia, también en España e Inglaterra. La diplomacia fracasó porque así se decidió. Son, en definitiva, intereses ajenos al mundo los que se beneficiarían crematísticamente y en lo político de esta guerra de agresión a Irak. México no es parte de esos intereses.

Cabe señalar que el único poder que se le opone a la superpotencia estadunidense es el de la opinión pública mundial. El sábado se efectuaron en unas dos mil ciudades del mundo -incluyendo unas 160 de Estados Unidos- manifestaciones de protestas por los aprontamientos bélicos estadunidenses contra Irak. Para el presidente Bush y la élite que representa Irak es un botín estratégico con miras a una seguridad energética estadunidense para los próximos 50 años. Mientras éstos hechos -que mueven a zozobra y reflexión preocupante- ocurren en el ámbito mundial, en el entorno mexicano ciertos sucedidos no dejan de causar cierta neurosis: el alto abstencionismo electoral en el estado de México (EXCELSIOR, 10/III/03), lo cual tiene lecturas conturbadoras para los partidos políticos y, en particular, para los gobernantes federal y mexiquense.

Por otra parte, la lucha por el poder político tiene manifestaciones legales que bien pudieren acusar un presunto carácter persecutorio: la multa de mil millones de pesos impuesta por el Instituto Federal Electoral al Partido Revolucionario Institucional (EXCELSIOR, 11/III/03), decisión que contrasta con la aparente apatía en el esclarecimiento del financiamiento extranjero a la campaña de proselitismo electoral de Vicente Fox.

La captura de Osiel Cárdenas Guillén -realizada "a sangre y fuego', dice el titular de EXCELSIOR (15/III/03)-, el notorio jefe del llamado "cártel del Golfo', que es una de las más poderosas organizaciones dedicadas al tráfico ilícito de estupefacientes y sustancias psicotrópicas en México, fue un logro del Ejército, pero ello no significa, como bien lo subrayó el secretario del despacho de la Defensa Nacional, el general Clemente Vega García, el desmantelamiento de esa entelequia del crimen organizado. El general secretario reconoció que los cárteles han corrompido al propio Ejército y a las autoridades judiciales.

Quizá la nota optimista -en este contexto de nubarrones y barruntos de tormenta- en la semana precedente fue la afirmación del secretario del Trabajo y Previsión Social, Carlos Abascal Carranza (EXCELSIOR, 14\III\03), de que los sindicatos y las empresas pueden negociar sus contratos colectivos de trabajo "sin techos ni pisos a las alzas salariales". Disipa de esa guisa el funcionario ciertas mixtificaciones y embelecos manejados por empresarios con respecto a los aumentos de salarios. Otro hecho destacado por el citado secretario es el relativo a su definición de transición política. "Tiene que ser una transformación acordada', acotó. Cierto: debe acordarse la transformación económica, política, social y cultural del país.