Debilidad Ante la Crisis

 

Declive de Nuestra Cultura

 

Por MARTHA ROBLES

 

La fuerza y la debilidad de Estados Unidos proviene de su indiferencia ante el mundo. Esa característica le ha permitido vivir en la ficción y, a través del cine -su arte mayor- darle forma de realidad. Carente de raíces, es obvio su desinterés por consolidar valores extraídos de un pasado común, que le permite arrasar y devastar en nombre del interés falsamente mesiánico y redentor. Para nuestra desgracia, somos sus vecinos y más constantes adoradores de sus estilos de vida; pero nada hemos atendido sobre las respuestas que aquella sociedad multirracial y plural ha extraído de sus mayores errores para sobrevivir y crecer, a pesar de sus múltiples desaciertos y abusos.

Si algo llama la atención en este conflicto prebélico es justamente la actitud de sus individualidades, la valiente manera como algunos intelectuales en EU desafían y exhiben con alegatos racionales la torpeza de sus dirigentes y hasta la manera como la crítica se infiltra en grupos que hacen suyo el clamor de la paz que la mayoría sólo corea en atención al miedo. Es de creer que, al margen de los resultados, la presencia social de los escritores y norteamericanos pensantes saldrá fortalecida tras este infortunado episodio. Por lo pronto, los alegatos globales ya prevén el alcance de su derrota y pronto se hará necesario un cambio radical en el rumbo del modelo económico que más y peor ha aportado terribles desgracias a los pueblos más débiles.

Estados Unidos, el país de lo concreto por excelencia, con la imaginación dirigida hacia un futuro monumental y, por su ausencia de pasado, permanece asido al mundo de mitos y símbolos que tan claramente refleja en su lenguaje cinematográfico. Por su poder expansivo, los demás estamos sujetos a los dictados de éste, un pueblo que vive "en simulación perpetua', como observara Jean Baudrillard, cuya artificialidad prefigura la sociedad primitiva del porvenir. Y no obstante su dominio arrollador, existen indicios que nos permiten suponer que la instauración de un nuevo imperio universal no será tan sencilla ni fácil de acatar sus dictados. El mundo está cambiando, de eso no hay duda, aunque no para los más pobres, entre los que nos contamos los mexicanos.

Contagiados como nunca de este síndrome inmune a la capacidad vivificante de la cultura que ha distinguido al típico clasemediero estadunidense, los mexicanos tendemos a absorber o imitar lo peor de nuestros vecinos y ninguna de sus virtudes. Faltaba un gobierno de derecha plana, sin memoria ni sustento histórico, sin embargo para encaminarnos de lleno a la utópica "modernidad" de nuestros vecinos del norte, a su ausencia de autenticidad y disposición para ceder a la irreflexión y al disimulo que, en nuestro caso y con los antecedentes que acompañan a una ignorancia arraigada, nos están orientando hacia la instauración de una anticultura que puede convertirse en el instrumento más eficaz de la autodestrucción; es decir, hemos traicionado lo mejor de nuestra historia y ya comeno mos a hacer nuestro aquello de lo que abominan las más claras conciencias.

Así, como suele ocurrirnos, llegamos tarde a la hora del despertar de los otros. Mientras más se estimula la responsabilidad de la inteligencia ante la crisis, aquí y a velocidad alarmante crece el hueco interno que sólo llenan la creatividad, el cultivo de la razón, el enriquecimiento del lenguaje y la sensibilidad educada. El obvio desdén por lo bello, la razón, la tolerancia y el mejoramiento sustancial de los niveles de vida que suelen traducirse no en el moralismo ramplón sino en imperativos éticos que depuran la equidad y la justicia, son características del gobierno actual, cuya clara inclinación a "borrar" el pasado, combatir al pensamiento mediante actitudes sutiles y fantasear una simulación por venir están fortaleciendo un retroceso tan ostensible que ya estamos de riesgo de fusionarnos al peor realismo ficticio de EU y, en consecuencia, a la propia autodestrucción.

Desde la instauración de la República, en el siglo XIX, los mexicanos no habíamos experimentado este vacío cultural surcado de desarraigo, fragmentación espiritual y brotes de indiferencia que, de no ser por la intervención de los escritores, México habría consumado -con fatalidad inimaginable- el proyecto de extinción nacional y territorial emprendido por Santa Anna y sus seguidores, hasta coronar en el falso imperio.

No deja de ser curioso que sean precisamente los emigrantes quienes más estén luchando por rescatar su identidad en el país adquirido a capua de su pobreza sin esperanza. Son los <sn3>chicanos <sn0>y a cuentagotas también los indocumentados, los que están tomando por su cuenta la revaloración de una realidad-real que les haga soportable el mundo ficticio en el que se encuentran insertos en una Unión Americana que ahora los utiliza como instrumento de negociación para someter la voluntad soberana del gobierno de Bush, a propósito de la guerra contra Irak.

La fragilidad mexicana por los sucesos actuales es un hecho indiscutible. Y no son las razones económicas las que incrementan nuestra vulnerabilidad ante las presiones de Washington, justo cuando más se requieren medios de resistencia y respuestas sólidas ante la crisis que a todos nos afecta. Es el deterioro de nuestra cultura, el descuido de los saldos espirituales y el odio que la presente administración expresa por cuanto represente crítica, reflexión, búsqueda de imperativos civilizadores, vida artística y fortalecimiento de los "anticuerpos" espirituales que preservan a los pueblos de su derrota definitiva.

México ha sido incapaz de convertir su pasado en valores vivientes. A pesar de la fragilidad que nos distingue, pudimos sortear amenazas y presiones graves, gracias precisamente a la fuerza moral que representaban la minoría de hombres y mujeres pensantes que oportunamente señalaban riesgos, rumbos a seguir y posiciones claras ante situaciones confusas políticamente. Si la Reforma en el siglo XIX es uno de los ejemplos más claros y valiosos de esta aportación intelectual de la que nuestra cultura saldría fortalecida, la construcción de la sociedad posrevolucionaria dejaría numerosas evidencias de cómo los escritores participaron en la creación de nuestras principales instituciones en las que descansaría el desarrollo de las clases medias durante el siglo XX.

La madurez de la sociedad mexicana contemporánea -no obstante deficiente- se debe por tanto a las conquistas de la razón educada, nunca a los proyectos económicos en sí mismos, porque éstos han dependido de la consolidación cultural del Estado. Entender y avanzar depende, en gran medida, de saber y de crear nuevas interpretaciones, otros puntos de vista que faciliten la apertura, la pluralidad, la hondura y el ensanchamiento de conocimientos. Si el proceso del saber se interrumpe, como ahora pretende hacerse mediante un ostensible acoso a la actividad intelectual y artística de las minorías en el país, todo el orden social y aun económico de la sociedad se habrá de deteriorar hasta límites escandalosos.

Se tiene que ser un ignorante o un ingenuo para suponer que los negocios son la fuente del progreso. No por nada las dictaduras arremeten contra los seres pensantes para mitigar y hasta anular la fuerza moral de la crítica, del ejercicio literario y del pensamiento en general, sólo para privilegiar a los grupos aliados. Y si algo es obvio en este gobierno de derechas sin sustento histórico ni ideario ni representantes intelectuales es el incremento de esa falta de autenticidad que se vuelve confusión entre las masas, freno para la cultura en general e imposición de medidas que tarde o temprano habrán de manifestarse en el triunfo del totalitarismo. De ahí la gravedad que entrañan las presiones fiscales, laborales, editoriales y en general económicas que, por hambre, nos están orillando a los escritores a renunciar a nuestra tareas justo cuando más se requiere avivar la presencia social de la inteligencia educada y creadora.

Respiramos un aire turbio, sin las expectativas que crean las actividades culturales. Las exposiciones han decaído en calidad e interés al ritmo en que se han ido apagando voces innovadoras. Todo parece repetirse y descender en tanto y, confinados, escritores, actores, artistas y pensadores van abultando la resta dramática de obras representativas y vanguardistas. La gente no suele pensar en estos riesgos y por eso ya se escuchan comentarios tan necios como el "para qué leer o citar escritores y obras', como si la razón y el saber fueran actos espontáneos, como si hubiera una conspiración para igualarnos hacia abajo y por fin marginarnos de la grandeza y de las más altas conquistas del espíritu.

Sí, es cierto: como nunca nos hemos convertido en un país pobre; en un pobre país: marginado de las ideas, con los escritores doblegados y la cultura frenada por los prejuicios del supuesto progreso comandado por las mentes menos progresistas que han alcanzado el poder.

mrobleso@excite.com