La Guerra del Presidente Bush

 

Por MARIO MOYA PALENCIA

 

Como advertíamos en nuestro artículo de hace dos lunes, "con el veto anunciado (por Francia) lo más probable es que los Estados Unidos, si la reunión del Consejo del viernes 7 no es definitiva, no esperen otra (que iba a ser el lunes 17) y no alimenten la esperanza de obtener una resolución que los autorice a atacar a Irak, por lo que lo harán solos o acompañados de algunos aliados incondicionales, como Gran Bretaña y quizá España..."

Eso ya sucedió, pues el propio lunes 17, después de una junta dominguera en las islas Azores, con Tony Blair y José María Aznar, el Presidente Bush dio a Saddam Hussein un plazo de 48 horas para salir de Irak o enfrentar una invasión encabezada por Estados Unidos, diciendo que las fuerzas norteamericanas librarían la guerra "en el momento elegido por nosotros". Ya no se habló de "desarme", sino de "derrocamiento" o "exilio".

Vencido el término del ultimátum, la noche del miércoles 19, empezaron a llover cohetes teledirigidos y bombas arrojadas por sofisticados aviones sobre el país árabe, y al día siguiente se inició la invasión terrestre del mismo, con violación de sus fronteras y la pérdida de las primeras 21 vidas humanas, aunque el gobierno de Washington habló de una "liberación de Irak" y de una "decapitación del régimen", como primera fase del conflicto, para dar lugar después a un segundo momento arrasador, que cuando usted lea estas líneas, ya podría haber llegado a su climax.

El anunciado veto francés salvó a los países pequeños, entre ellos México, que como hemos dicho mil veces, nunca debió ingresar al Consejo de Seguridad, pues en los asuntos que ahí se ventilan, si sostiene sus principios constitucionales entra en colisión con los grandes y si les hace caso a estos países y, los apoya choca con su propio pueblo que no quiere ser lacayo de los poderosos ni exponerse a perder sus defensas jurídicas en el contexto internacional.

Hay quienes afirman incluso que algunos de los miembros temporales, como México y Chile, animaron a Francia a anunciar con anticipación su veto para así protegerse. Lo haya hecho ese país a solicitud ajena o no, la verdad es que su actitud firme e inteligente, expresión del humanismo pacifista, nos salvó de tener que votar, así como de un enfrentamiento con nuestros vecinos del Norte, mayor del que inevitablemente tuvimos. No sólo México, sino el mundo entero está en deuda con la Nación francesa y con las otras que la apoyaron, a causa de su racional y valiente posición en esta crisis. En las manifestaciones populares contra la guerra que se repiten por doquier en estos días, se suele apostrofar al Presidente Bush y aplaudir al Presidente Chirac. La independencia europea es una de las garantías de la paz mundial.

El propio lunes en la noche, el Presidente Fox dirigió un mensaje nacional en que aprovechó inteligentemente la situación creada por el anunciado veto de Francia y la torpe e ilegal decisión de Estados Unidos de atacar a Irak, sin que se volviera a reunir el Consejo, que era evidente no le daría su apoyo.

Fox, ya no llamó "tirano" a Hussein y si bien pugnó "por el desarme de Irak", reiteró la "vocación pacifista" de México, hizo la distinción clara entre los temas bilaterales de la agenda el compromiso multilateral, coincidió en la lucha contra el terrorismo, recordando "que el uso de la fuerza sólo se justifica cuando las otras vías han fracasado"; convocó a la unidad nacional y remachó que el mundo tiene que seguir impulsando soluciones que cumplan con "la letra y el espíritu" de la Carta de las Naciones Unidas.

Agregó: "Compartimos valores, metas y propósitos con Estados Unidos, el Reino Unido y España, no obstante, discrepamos en esta ocasión con los tiempos y procedimientos. Mantenemos nuestra creencia que las vías diplomáticas para lograrlo, aún no se han agotado."

La razón le asistió y por eso sus declaraciones fueron muy bien recibidas y, apoyadas por todos los partidos políticos y los sectores sociales, hasta por aquellos grupos empresariales que, con ignorancia y temor proverbiales de la gente de dinero, le habían pedido que apoyara a Estados Unidos, o sea a la guerra, y se alejara de nuestros principios constitucionales, para defender sus intereses económicos de grupo, a sus socios norteamericanos y a las relaciones comerciales entre los dos países vecinos.

El "prietito en el arroz" corrió a cargo de la Cancillería cuando, por voz de su titular Luis Ernesto Derbez, entró en contradicción, el martes 18, con "la letra y el espíritu" del discurso presidencial de la noche anterior, al informar haber iniciado contactos con el presidente de la Liga Arabe y con el canciller de Siria, para pedirles que convencieran a Saddam Hussein de abandonar su país, en el plazo señalado por el Presidente de Estados Unidos, George Bush.

El Editorial de EXCELSIOR, del miércoles 19, resume la impresión que causó este anuncio: "Aparte de una posible candidez al esperar el éxito de semejantes gestiones, el secretario de Relaciones Exteriores aproxima de pronto la postura de México a la política estadunidense, cuya decisión, dice, es la única viable para evitar la guerra. Todavía más: Derbez considera el anuncio del Presidente Bush, enmarcado dentro de la Resolución 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU, pues, según su versión autoriza el uso de la fuerza contra Irak, aun cuando, lo reconoce, jamás establece el exilio de Saddam Hussein como condición para solucionar la crisis." ¡Qué diferencia de esta desafortunada intervención de nuestro canciller con la digna renuncia de Robin Cook, a su cargo de ministro de Relaciones Parlamentarias del Gobierno de Tony Blair, en Gran Bretaña! En ella, aunque sin regatear su apoyo personal al Primer Ministro y jefe nato del Partido Laborista, al que él también pertenece, y del que fue líder en la Cámara de los Comunes hasta el 17 de marzo, Cook anuncia que ha dejado el gobierno para unirse a los miembros de su organización política que están en contra de una acción armada de Gran Bretaña en Irak, en estos momentos, pues considera -con abundancia de razones- que los esfuerzos del propio gobierno han fracasado, que éste se ha embarcado en una "aventura militar", y que él no puede "apoyar una guerra que no cuenta con consenso internacional ni con respaldo nacional". (Texto íntegro en "La Jornada" del jueves 20 de marzo, página 11).

En nuestro artículo del lunes 10 de los corrientes decíamos: "La paz del mundo está en peligro. Y la ONU también. Si Estados Unidos se salta al Consejo de Seguridad como lo hizo con sus aliados de la OTAN, en el caso de los bombardeos de Kosovo y Yugoslavia, hace unos años, y ataca a Irak, debilitará el multilateralismo y pugnará por la prevalencia de la "ley de la selva" en vez del Derecho Internacional, que es el único que puede salvar a la humanidad del "flagelo de la guerra".

Entendamos muy bien lo anterior. No es la ONU la que ha fracasado con esta terrible crisis, sino Estados Unidos. Fue este país -que en 1945 se distinguió como el principal animador de las Naciones Unidas- el que ahora pretende colocarse sobre esta organización de casi doscientos Estados, de los cuales sólo una minoría apoya la insensata guerra. Esto crea sin duda un serio peligro para el multilateralismo, pero tampoco ha reducido a las Naciones Unidas a un conjunto de escombros o las ha hecho desaparecer.

Por lo contrario, ante la barbarie de esta violación grave a la Carta de San Francisco que nos regula, y toda vez que, se vulneran la paz y la seguridad internacionales con la agresión norteamericana a Irak -sin un previo ataque de éste ante el cual pudiera oponerse la legítima defensa- las Naciones Unidas resultan más necesarias que nunca. Es precisamente la hora de apoyarlas más que siempre y fortalecerlas frente a la sinrazón desencadenada y, la guerra que siega las vidas de muchas personas inocentes, incluyendo civiles, mujeres y niños.

Requerimos de reformas a la ONU, a fin de que ésta pueda sortear los nuevos tiempos. Democratizar al Consejo de Seguridad para que se base, como México exigió desde 1945, en el principio de la "igualdad jurídica de los Estados", de tal manera que, no comprenda un puñado de países poderosos con veto y los demás sin él, o, por lo menos, que el veto sólo pueda ejercerse de manera regulada y en ciertos casos. Se necesita también que la Asamblea General sea el verdadero órgano supremo de la Organización y no pierda sus facultades ante el Consejo, mientras que, los asuntos de paz y seguridad internacionales puedan ser llevados ante ella, en determinadas circunstancias y condiciones, o como una segunda instancia inapelable.

Y se necesita que cese el unilateralismo, el neoimperialismo de Estados Unidos, como alguien lo empezó a llamar desde hace unos días en la prensa mexicana. Que el "superpoder solitario" -el apodo es de Samuel Hungtinton- aprenda a tener voluntad política para aceptar las reglas del Derecho Internacional y sujetarse a ellas, sin intentar someter a los otros países a su propio poder.

Estamos en plena guerra entre Estados Unidos e Irak. La guerra del Presidente Bush. Un conflicto del cual ese país y su líder, han asumido toda la responsabilidad presente y futura. Una injusta e inaceptable "guerra preventiva" que no cabe en la doctrina jurídica y en la ética de una genuina política exterior. Pero el multilateralismo no puede rendirse ni esa guerra prolongarse o extenderse. La ONU pervive, no sólo sobrevive, a pesar del artero golpe que también ha sido contra ella.

El Consejo de Seguridad se sigue reuniendo. Tiene ya ante sí la procedente queja de Irak, contra la violación grave de su soberanía, la agresión a sus derechos y los de su pueblo. El Consejo deberá resolver condenando a los Estados Unidos pues se trata, como hemos dicho de una violación grave a la paz y a la seguridad internacionales. Esperamos que se atreva por lo menos a proponerlo.

Habrá que pensar no en la ganancia de las compañías norteamericanas futuras "reconstructoras de Irak", que ya afilan las garras, sino en los terribles problemas humanitarios que el conflicto ha precipitado. En reabrir el programa "petróleo por alimentos" y en impedir que la masacre se desborde. En fin, en lograr que las hostilidades cesen a la brevedad posible. Es inmoral esperar a que la guerra termine por sí sola.

Sólo el Consejo puede dar a un Estado la potestad de usar la fuerza contra otro y en este caso no se la dio ni a Estados Unidos ni a ninguno. Y, México presidirá dicho Consejo -ojalá que sea con prudencia y firmeza- durante todo el mes de abril. ¿Para qué ingresamos a él? Pero ya que lo hicimos defendamos los principios del Derecho Internacional y luchemos denodadamente por la paz del mundo. Aún entre las bombas y los cañones, la voz de la diplomacia puede y debe ser escuchada y, apoyada por el clamor de la humanidad que ya no quiere más sangre.