Editorial

 

Semana de Horror

 

Desde el lunes 17 del mes ocurrente hasta el domingo 23, el titular principal -a ocho columnas- de EXCELSIOR ha registrado y recogido la sucesión en vorágine de las incidencias horribles de una guerra "nunca vista antes de la historia', como la definió con arrogancia triunfalista el general Tommy Franks, el jefe militar de esa acción de rapiña de Estados Unidos contra Irak. Esa guerra tiene en vilo al mundo. Cabría consignar que la semana abrió con una advertencia de George W. Bush de que había llegado el "momento de la verdad', a la cual siguió el ultimátum a Saddam Hussein de exiliarse en 48 horas pues caso contrario empezaría la invasión de territorio iraquí. Los días subsiguientes hemos visto, en vivo y a colores, el desarrollo de esa arrolladora invasión militar, a la cual los  iraquíes ofrecen magra resistencia.

Mientras la invasión ocurre hacia sus eventuales objetivos -el derrocamiento y asesinato de Saddam y la ocupación militar y la administración estadunidense  del país-, el horror que estruja el ánimo de millones de hombres y mujeres por todo el mundo se ha traducido en indignación incontenible y ésta, a su vez, en manifestaciones públicas de protesta contra la guerra en general y contra la agresión a Irak en particular. Tan sólo en Estados Unidos se registraron durante el fin de semana expresiones masivas de protesta en más de 400 ciudades grandes, medianas y pequeñas. La más impresionante fue la de Nueva York.

La atención mundial está centrada en la guerra, en sus móviles -reales y declarados-, en su desarrollo tanto operativo como político, en las reacciones que concita y los escenarios prospectivos de la posguerra. Pocos, sin embargo, tienen fijo su interés en las consecuencias y efectos de la guerra en el mundo y, acusadamente, en Estados Unidos. La secuela en la vida nacional estadunidense, particularmente en lo político y social, que ya empieza a ser socavada por el propio Estado so pretexto de la lucha contra el terrorismo.

Los efectos de esta guerra en la vida democrática de Estados Unidos contribuirán a erosionar la base aparentemente sólida pero, ya se ha visto, muy vulnerable y frágil de libertades civiles y garantías individuales.

Pensamos que esta guerra unilateral de Estados Unidos contra Irak no sólo violenta de modo flagrante y cínico los marcos políticos de principios jurídicos, preceptivos, de las relaciones entre los Estados y el Derecho Internacional, sino que también establece precedentes peligrosos para la humanidad. Esta acometida militar estadunidense "nunca antes vista en la historia', para parafrasear otra vez al general Franks, acusa la naturaleza doble de una guerra de agresión para fines de rapiña y botín y de una operación armígera que es parte de una estrategia de expansionismo, dominación e imperialismo bajo premisas que, si situadas en una perspectiva histórica, se identificarían con ciertos silogismos correlativos del nazifascismo.

Peculiaridad cortical de esos silogismos es la hipótesis de la inevitabilidad de la guerra. Otra singularidad es la de que la guerra es una extensión de la política. Ambos silogismos han sido disputados por la historia. En 1516, Maquiavelo despojó a la guerra de su aureola de inexorabilidad que le caracterizaba "ab antiquo" al identificarla como un fenómeno controlado, previsible y evitable. Por lo que toca al segundo silogismo, se ha metamorfoseado en un haz de pseudoverdades filósoficas la definición misma de Von Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política; la realidad, abrumadoramente ineludible, nos señala lo opuesto: la guerra es el fracaso más estrepitoso y dramático de la política, a menos que ésta sea, precisamente, la de guerrear por motivos cuya descodificación competen por igual a Sigmund Freud y Adam Smith, como parece ser el caso. Y una política de guerra es la que distingue, preciso es notarlo, a las vertientes nazifascistas que parecen dominar el modo de pensar de la élite política y de intereses económicos de Estados Unidos que, en lo formal, representan el presidente Bush y sus partiquinos los secretarios de la Defensa y de Estado, varios subsecretarios y otros colaboradores cercanos, así como los pensadores del conservadurismo ideológico -heraldos de un pasado que ominosamente se niega a ser pretérito que preconiza nuevas ediciones del destino manifiesto-.

Hagamos la salvedad que el nazifascismo es la contracción de los vocablos nazismo y fascismo, siendo aquél la versión alemana de éste, de la misma guisa en que el falangismo lo fue en la España de Francisco Franco y renace hoy en el gobierno de José María Aznar, sospechosamente aliado a Bush en la guerra contra Irak.

Desde esa perspectiva, el nazifascismo -Hitler, recordemóslo, hablaba de "liberar" a Polonia de los propios polacos, así como Bush habla de la liberación de los iraquíes- tiene objetivos como los que se sintetizan en el "lebensraum" (o espacio vital), que en la versión estadunidense se traduce en un expansionismo ultramarino, hasta Asia Central, como nos lo argumentan sobradamente las guerras en Afganistán y contra Irak. Otras guerras de "lebensraum" económico y político, más que territorial, podrían ser mañana contra Cuba, Norcorea, Irán y otros países en Africa, Asia y la América indo, afro e ibérica.

La moraleja de esta expresión de aventurerismo nazifascista del gobierno de Estados Unidos y la élite del poder real que lo controla y utiliza para sus fines, es la de que el mundo tiene que aprestarse para expresiones de imperialismo jamás vistas en la historia de la humanidad. Por ello es imprescindible que los gobiernos del mundo -el de México incluido- no se crucen de brazos pasivamente, sino que apoyen a los millones de sus ciudadanos que conforman el poder de la opinión pública, y promover cuanto antes, en el marco de la Organización de las Naciones Unidas o mediante iniciativas tendientes a crear organismos de acción política multilateral, para ponerle un freno a la obsesión estadunidense de dominar al mundo. El mandato para iniciativas lo están dando las multitudes que protestan contra la guerra y, por inferencia, contra cualesquier formas violentas de expansionismo y dominación imperial.