Crece el Núcleo de los No Asalariados

 

ü       Ya son 230 los que Ofrecen sus Servicios a un Costado de la Catedral

ü       Desapareció la Clase Media que los Contrataba; una Veladora Cada Lunes

 

Por ALFREDO CAMACHO OLIVARES

 

Sus rostros son reflejo de la desesperación, angustia y preocupación, pero también de la esperanza que, con la bendición del cielo, les caiga una chamba temporal. Ya son 230 los trabajadores desempleados que se apuestan en el lado poniente de la Catedral Metropolitana (en cuyo altar colocan una veladora todos los lunes por la mañana, al iniciar la jornada semanal) y ofrecen sus servicios en diversos oficios: albañiles, carpinteros, plomeros y electricistas.

La crisis económica del país, la desaparición de la clase media -que era la que los contrataba con frecuencia- y el cierre de fuentes de trabajo, han provocado una situación compleja para ellos, y cada vez tiene más competidores, pero su gremio ya cerró filas y sólo tienen acceso los hijos y nietos de quienes, desde 1930, fundaron su Asociación de Trabajadores No Asalariados, que manejan por su cuenta, sin el auspicio de ninguna autoridad u organismo público.

Cada maestro cuenta con 4 chalanes, comúnmente son parientes, por lo que de esos prestadores de servicios dependen cerca de mil personas, entre niños, jóvenes y adultos mayores. Y, aunque muchas de las veces se ven en la necesidad de malbaratar su trabajo, ni así han mejorado la demanda; la crisis económica del país les pegó duró, y cada vez su peregrinar es más complicado.

Ehaseñor Lucio Cansino, con el rostro surcado por el paso del tiempo, con 67 años a cuestas y plomero desde su juventud, comentó a EXCELSIOR: "Aquí estamos desde hace muchos años, yo llevo 33 en este mismo lugar. Es cierto que nosotros ofrecemos servicios a más bajo costo que en otras partes. Cuando esto comenzó, allá por 1930, y durante cuatro décadas más, nos contaban compañeros que ya se retiraron por razones de edad y otros que ya fallecieron, salían los maestros oficiales dos y hasta tres veces al día a ofrecer su trabajo; hoy en día salimos dos o tres veces, si acaso, pero a la semana. Casi no cae nada de chamba y muchos nos vemos en la necesidad de buscarle por otro lado; la demanda ha caído mucho y esa es la situación para todos los que aquí estamos, tanto albañiles, carpinteros, plomeros y electricistas".

Al evocar tiempos idos, don Lucio pone tono melancólico a su voz: "Yo que me considero uno de los más nuevos, tengo 33 años aquí; con ello le quiero decir que los que estamos aquí, hemos venido heredando el lugar de nuestros antepasados; se han cedido los lugares de generación en generación. Han habido señores que llegaron adolescentes y se retiraron ya entrados en años, pero dejaron a sus hijos, y algunos de ellos ya cedieron la estafeta a los nietos. No sabemos con exactitud cuándo llegaron los primeros maistros aquí, pero tenemos antecedente que ya en 1930 ofrecían sus servicios al mejor postor".

Nuestro entrevistado, vestido con ropa más que modesta, con su mochila con  herramientas de trabajo en el piso, con el letrero: Plomero. Bebe un sorbo de refresco que le ofrecen sus compañeros, para continuar: "Por lo menos ya hemos circulado cinco generaciones en este sitio y, si ve ahora más saturado que antes, es que también ya andan por acá los hijos de muchos de los prestadores de servicios, se han quedado sin trabajo por diferentes motivos, ya sea porque les tocó el recorte de personal, o sus fábricas cerraron, pero lo cierto es que, ante la necesidad, ya se habilitaron como oficiales en albañilería, plomería, carpintería o como electricistas, todos tienen la escuela de sus progenitores, tíos o abuelos".

El hombre que se ha pasado la mitad de su vida ofreciendo su chamba en el costado poniente de la Catedral Metropolitana, justo frente al edificio del Nacional Monte de Piedad, externó que cada vez es más difícil agarrar una chambita. "Mientras en el pasado caía una tras otra, cada vez escasea más la chamba; antes jalábamos para donde nos llevaran, aunque fuera a provincia y hasta nos dábamos el lujo de elegir rumbos; ahora quisiéramos cualquiera, en donde sea. Yo tuve la oportunidad de hacer trabajitos en Cancún, Puerto Vallarta y Veracruz, por medio de contratos, no ganaba uno mucho, pero algo quedaba. Con que nos quedara algo para la papa de la familia, nos dábamos por bien servidos".

Don Lucio detalló que, con cada cliente que se aparece por el lugar, procuran llegar a un arreglo y no dejarlo ir, porque cada vez son más escasos y es que no podemos darnos el lujo de desaprovechar las pocas oportunidades que hay. Y también habló de su particular situación: "Mi familia fue grande, fuimos diez hijos, y cuando llegué a esta ciudad, procedente de mi tierra, ya traía seis chamacos; ya se imaginará usted las penuarias que pasamos para conseguir dónde vivir, pagar renta y andar de un lado a otro, buscando trabajo, que al pco rato se acababa. También debemos reconocer que a algunos de nosotros nos gusta el trago y eso arruina, la de por sí deplorable situación económica, pero qué le vamos a hacer, si de alguna manera busca uno hacer menos penosa la situación; estamos concientes de que tomar no resuelve nada, pero si viera qué bien cae un trago cuando anda uno en apuros".

Abundó que para él, criar a sus hijos fue un enorme problema... "Yo vine de Oaxaca, y allá en mi pueblo, Ojitlán en Tuxtepec, se construyó la presa Cerro de Oro y se comió a toda la comunidad y sólo quedó la parte alta. A algunos el gobierno los ayudó, otros tuvimos qué emigrar en busca de mejores horizontes; por buena o mala suerte, caí aquí. Dos de mis hijos me ayudan y ya pronto vendrá otro que ya está en edad, y si no quieren estudiar, tienen qué contribuir con el gasto familiar. Cuando llegamos a principios de 1970, pagábamos 160 pesos mensuales en un cuartito pequeño, pero hoy las rentas están carísimas, y aquí no tenemos conocidos para pedir apoyo a alguien. Allá en el pueblo con cualquier vecino era común pedir tortillas o comida para darles a las crías, pero aquí eso no se puede, nadie nos conoce".

Asimismo, con toda franqueza expresó que su situación mejoró mínimamente cuando "pudimos meternos de paracaidistas en unos terrenitos de Ejército de Oriente (en la delegación Iztapalapa) y hace algunos años que no pagamos renta, y ello nos ayuda mucho; pero todavia le sufrimos como no se puede imaginar y una cosa semejante les pasa a todos mis compañeros, todos le sufrimos para sobrevivir... Ya cumplí 17 años sin tomar un trago y eso ha ayudado, de alguna forma, a la economía familiar, porque aunque digamos que nos invitan, siempre hay qué cooperar con algo, porque los compadres y amigos nos jalan cuando nos ven tristes, pero no siempre puede uno estar así".

Y precisamente a un lado de donde estrevistamos a don Lucio, compañeros del mismo dolor se sirven un trago en vasos desechables. El calor cae a plomo y se refrescan las gargantas con un buen sorbo de ron blanco.

¿Que le pedirían al gobierno para su gremio?

- No le podemos pedir muchas cosas, porque qué nos puede dar. Lo que sí sería de agradecerse, es que se fijaran en nosotros y nos pusieran algún pasaje para no estar aquí de pie y de cara al sol, así como unos sanitarios, porque hay qué andar peregrinando para que nos dejen pasar en algún negocio, porque la mayoría cobra por hacer uso de los sanitarios, otros ni siquiera permiten pasar, porque tienen sus letreros de que son exclusivos para clientes".

Don Lucio resume que mientras Dios les dé vida y salud, seguirán allí, ofreciendo sus servicios. "Cada lunes que comenzamos la jornada semanal, muchos de nosotros llevamos una veladora al altar de Catedral, para pedir al Señor que nos conceda, cuando menos, un trabajito a la semana; así que con la bendición del cielo, todos los días esperamos que algo nos caiga para mitigar nuestras penas; nosotros vivimos del pueblo, y cada vez que nos cae un trabajito, procuramos hacerlo lo mejor posible para que la gente nos recomiende y dejar la puerta abierta".

En otro extremo de la reja del atrio de Catedral, don Felipe Jiménez Reyes, con 50 años de antigüedad, complementó la información: "Ya no admitimos gente nueva, y no por cosa de la competencia, sino porque en cierta ocasión llegaron unos maistros pidiendo una oportunidad, y por buenas gentes se las concedimos y resultó que, aparte de que no hicieron la chamba, robaron en la casa de los clientes que los contraron, y el reclamo vino recayó sobre todos nosotros. Así que por la seguridad de la gente, ya no recibimos a nadie que no sea de las familias de los que trabajamos aquí, ya todos nos conocemos y, cuando vemos a una persona rara, de inmediato le pedimos que se vaya".

Así que, con la fe en Dios y la oferta de sus oficios, a más bajos costos, los prestadores de servicios que se reúnen en el costado poniente de la Catedral, llevan ya poco más de setenta años laboranado en el mismo lugar y algunos con la misma gente.