Bestias Pensantes

 

“Humano, Demasiado Humano”

 

Por MARTHA ROBLES

 

La "guerra nunca antes vista" conlleva la mayor derrota ética de la historia. Tres dementes, sólo tres, pueden de hecho, por lo que representan, más que el resto de la humanidad. Saddam Hussein prefirió arriesgar vidas, bienes y el país entero por continuar aferrado a su dictadura. Antepuso su dominio personal a la seguridad de la región y al destino del mundo árabe, ahora incierto. Puso en riesgo a Jordania, a Irán, a Turquía, a Kuwait... Y no renunció ni abandonó el país, cuando podía. Su vida personal estuvo por encima de la de los demás. Bush, Blair y Hussein comparten una misma condición bestial e idéntico delirio por el poder. Todos ellos padecen un nacionalismo exacerbado. Los tres han ejercido, mediante actitudes distintas, el poder de matar.

Su pertenencia a una historia imperial dota a Blair de un orgullo inglés que lo sitúa por encima de "prescindibles" gestecillos personales: como en los mejores tiempos del expansionismo, su inconmovible actitud británica le permite observar de fijo el resultado de sus atrocidades y seguir como si nada, como si China, India y tantas "colonias" que padecieron el yugo de sus antecesores no hubieran existido.

Bush, en cambio, es texano, arribista y caprichoso. Carece de historia, de clase, de raíces culturales. En la sangre lleva el apetito de sangre y la ferocidad con que, durante decenas de generaciones, fuera moldeando el talante abusivo de su pueblo. Dirigir la mayor potencia del mundo lo hace sentir Dios, ángel exterminador, mesías redentor. Supone que con el cargo recibió el agregado de la infalibilidad y, en el colmo de su ofuscación, hasta se cree inteligente.

Los tres tienen más afinidades que diferencias, a pesar de que sólo imaginarlo les asuste. Carecen de escrúpulos y de límites en su codicia. Para ninguno tiene valor la vida ni les interesa el estado del planeta. Sus países respectivos han sido carniceros, explotadores y belicosos desde sus orígenes. Está demostrado que ante personajes como éstos, templados genética y culturalmente para matar, carecen de sentido las conquistas jurídicas internacionales, los principios civilizadores y hasta la democracia misma.

Es innegable que existe esta condición beligerante en una parte de la humanidad. Es la arrojadiza y portadora de la violencia que ha enderezado guerras de ocupación, campañas de exterminio y espectáculos cifrados por la crueldad presididos por el afán de matar. Jamás reparan en el sufrimiento que causan. Aunarl desaparecer del mapa a poblaciones enteras, prevalece en ellos un alarde de superioridad inmune al dolor, a la compasión y al sentido de la justicia. Es obvio, además, que así como hay regiones, comunidades y personas que parece que nacieron para cultivar la paz, desde la antigüedad remota ha persistido el crecimiento, cada vez más depurado y extendido, de esta especie de portadores de la devastación que de tanto en tanto estremecen por su pavorosa crueldad. Si su escudo es "la defensa del poder', sus acciones demuestran que el ser humano no sólo es la criatura más imperfecta de la naturaleza, sino la menos dotada para soportarse a sí misma.

Si estableciéramos una gráfica histórica con los avances del Bien y del Mal, el resultado sería por sí mismo una prueba fehaciente de que la inteligencia se ha perfeccionado fundamentalmente para destruir, explotar, dominar a los débiles, infligir penas que superen a lo discurrido por la ficción y llevar hasta extremos inauditos de perversidad la facultad de pensargo
Las conquistas del humanismo, en cambio, se miden a cuentagotas frente a la formidable dispersión de la industria, la propaganda y los instrumentos creados para aniquilar. La paradoja es que en las personas y en los pueblos donde más obvia es la tendencia belicista y más despiadada la inclinación a asesinar seres humanos, mayor la preocupación por la salud, la ecología, el ejercicio físico y las dietas -incluso vegetarianas- que garanticen "una mejor calidad de vida". Estados Unidos y la Gran Bretaña encabezan los ejemplos de esta locura que entraña la más transcendental duda sobre el sentido de lo humano.

Ni siquiera el sentido de la muerte que tanto ha inspirado a los filósofos adquiere relevancia frente a la cuestión ética que enfrentamos ahora. Cuando se desciende al grado de las matanzas a control remoto, todo parece estar permitido. Para que los pilotos no se alteren al descargar sus bombas se eligen los ataques nocturnos. No vaya a ser que se den cuenta de las consecuencias de sus actos y luegopae pongan nerviosos, como ya le ocurriera al que atacó a su gente. El dolor que se multiplica por segundos y la destrucción de ciudades al por mayor forman mientras tanto parte de un espectáculo de dominio en cuyo escenario aparecen sólo tres personajes principales.

De manera instantánea, aunque discrecional, los medios electrónicos transmiten apenas indicios del infierno provocado por las "mentes aliadas". No, no es la guerra en sí lo más aterrador que se ha visto. Es el alcance de la perversidad, el enredo implícito en el afán de dominio, la bajeza y en suma la extrema inmoralidad en que el mundo "civilizado" ha caído justo cuando se preciaba de haber obtenido los mayores logros de su historia, los más "racionales".

Por eso es inminente analizar, discutir, desenmascarar una realidad que a todos afecta. Y hay que hacerlo, siquiera por única vez en la vida, porque la supuesta democracia elige, sostiene y aun encubre a los peores hombres. Nuestra concepción de la política local e internacional, a partir de esta experiencia, debe ser revisada de manera rigurosa. Es un hecho que los viejos criterios son improcedentes y que de nada sirven organizaciones como las Naciones Unidas ante la decisión de un demente sin escrúpulos, cuando aliado a sus semejantes y con armas suficientes busca modificar el destino y la fatalidad del mundo.

Si bien las democracias ceden al uno la autoridad moral de todos, también deben practicarse y discurrirse otras formas de conducirse ante situaciones radicales. Estamos ante una de las más claras evidencias del fracaso absoluto de la política contemporánea porque ni las libertades son tales ni la voluntad popular existe más allá de emitir un voto efímero ni el respeto a la vida se garantiza ni los estados modernos pueden conducirse bajo fórmulas de Estados nacionales. La invasión a Iraq deja, además de todo, una lección: la historia política cambió de modo radical a partir del pasado 17 de marzo, fecha del primer bombardeo estadunidense.

Estamos en un puente entre el pasado coopcido y el porvenir tan temido como inimaginado.

La posición de Aznar, por otra parte, comprometido con los agresores a pesar de la voluntad popular, no es ejemplo de belicismo ni de la índole carnicera de los matones por condición genética. Su tontería sostenida corresponde a la especie de los que se trepan al carro de las potencias creyendo no sólo que los demás pueblos harán lo mismo, sino que su actitud obsequiosa y temprana será reconocida y recompensada a la hora del triunfo. Esta especie remite a los oficiosos históricos que ni siquiera son apreciados por propios o extraños porque ni representan ni simbolizan ni ganan nada. Sólo arriendan pérdidas y ostentan una gran estupidez política. "Metiche', como decimos en México, nada había que compartir con Blair ni con Bush ideológica, militar, social o políticamente; pero, lerdo siempre, Aznar se sumó a sus propósitos belicistas como indocumentado en patera. De su trayectoria de errores, abultada por cierto, queda para España el campo libre y una gran oportunidad para que los socialistas recuperen a los electores perdidos.

En Occidente estamos abrumados por la información amañada y de un solo lado sobre la tormenta de misiles. Nada vemos ni sabemos, en cambio, sobre el padecer de las víctimas. A los ojos de Bush no hay sufrimiento ni familias destruidas; no hay escasez de alimentos ni falta agua porque un país arrasado es la mejor evidencia del triunfo. De aceptarlo, seguramente dirá que se lo merecen por haberse sometido a los delirios de una bestia -Saddam Hussein- de su misma índole. Y quien crea que los iraquíes son enemigos menores es un necio o un ignorante de la larga historia de ese pueblo, mezcla de persas, medos y posteriormente árabes. En su hora y armados de resorteras, catapultas, espadas, flechas, aceros y palos, Alejandro el Grande aseguró que aquella gente había nacido para guerrear: llevaban la muerte en las venas.

Sin embargo, detrás de esta hecatombe se complica una realidad que -de haber solución- tardará décadas o acaso siglos en resarcir los daños. Para los protagonistas tampoco es importante el desplazamiento de refugiados. Nada significa que decenas o cientos de miles de personas debieran salir huyendo en busca de un sitio seguro. Puertos, refinerías, edificios, calles, casas, monumentos, signos históricos: todo puede ser arrasado con la misma sangre fría con la que se dispone la fatalidad de las personas.

Es este sentido, Iraq y los iraquíes son víctimas del infortunio por partida doble: tras padecer la pavorosa dictadura de Saddan Hussein, los sobrevivientes ahora conocerán, en versión sin precedentes, el destino de los pueblos invadidos, saqueados, explotados, depauperados, humillados y hasta utilizados, regionalmente, para afianzar el dominio de Estados Unidos en el Oriente Medio.

Sí, es poco, muy poco lo que la razón ha logrado en términos apreciables. Somos la peor especie, la única con una inagotable capacidad de desprecio. Incluso la arrogancia acude a términos como "bombas inteligentes" para ponderar el "cerebro" del armamento. Hay "fuego amigo', superbombarderos B-52, misiles dirigidos a kilómetros de distancia, guerrillas entremezcladas a los combates... En contrapunto, la razón del bien ofrece una desventajosa y hasta pobre lista de beneficios humanísticos. El grueso de los ejércitos se forma a partir de la inmoralidad, nunca o casi nunca desde alegatos éticos. No existe un equivalente para salir en defensa de lo que dignifique la presencia del hombre en el mundo. Así que esta otra "batalla" está perdida. La humanidad va hacia su propia destrucción y los sucesos a propósito de Iraq son un anticipo del Apocalipsis.

Después de esto, ¿habrá algo que nos muestre el peor rostro de lo humano?

mrobleso@excite.com