Gigantesco Tianguis Rodante Hacen del Metro

 

ü       Invidentes, Discapacitados, Menores y Mujeres lo Toman a Diario por Asalto

ü       Comercian Productos Chatarra o Piratería; "Caemos a los Separos y nos Multan"

 

Por ALFREDO CAMACHO y TONATHIU GALICIA

 

Víctimas de la explotación, el desempleo y la indiferencia de la sociedad, miles de invidentes, discapacitados, adultos mayores, menores de edad y mujeres tomaron por asalto el STC-Metro para convertirlo en el más gigantesco tianguis rodante, en el que comercian infinidad de productos chatarra y piratas, o los que lo toman como escenario para cantar y ganarse unos centavos para subsistir día a día. Jorge Cruz, promotor de periódicos de cooperación voluntaria, y el invidente Héctor García afirmaron a EXCELSIOR: "Qué difícil resulta ganarse la vida honradamente; los vagoneros del Metro (vigilantes) nos acechan constantemente si no les damos una cuota, y no pocas veces vamos a dar a los separos, nos imponen multas que van desde 40 a 100 pesos e incluso nos decomisan la mercancía, que a muchos de nosotros nos la dan a vender y nos pagan una miseria por cada pieza".

Por su parte, Mariano Chávez, persona de la tercera edad que pide caridad en el metro mientras interpreta algunas notas salidas del cuerpo de su armónica, apunta: "Debido a mi edad me es difícil encontrar trabajo en otro lugar, por lo que tengo que recurrir al metro para cubrir mis gastos y los de mi familia, que está conformada por 3 nietos, mi esposa y una hija. Aquí no tengo horario de trabajo, ni un jefe que me dé órdenes, tampoco me quitan impuestos ni tengo que ir vestido de un modo especial. Lo único que tengo que hacer es cubrir el horario que yo mismo me impongo y caminar a través de todos los vagones para ir recolectando las monedas que a veces hacen un total de más de 150 pesos; cuando la cosa está buena que suele ser en quincena o los fines de semana".

El viacrucis de todas esas personas no asalariadas se vive diarimente en el Sistema de Transporte Colectivo Metro, que comprende una extensa red de 175 estaciones, 10 líneas neumáticas y una férrea, con 269 convoys que están integrados por 9 vagones cada uno.

Este mundo subterráneo aloja diariamente a un promedio de 5 millones de usuarios que utilizan el metropolitano con diferentes fines que satisfacen sus necesidades de transporte rápido y económico. A su vez, este inframundo al que se desciende por escalinatas de sistemas eléctricos o fijos y al que se entra al introducir un boleto a través de un torniquete, es el potencial laboral más grande y extenso que existe en la capital del país, con poco más de 200  kilómetros de extensión total.

Juan, un niño de la calle que con una franela y una lata aborda los vagones, yendo inmediatamente hacia los zapatos de los usuarios para impregnarles el calzado de grasa, comenta que para él no es fácil conseguir dinero, porque la mayoría de las personas a las cuales les "da un chain', se molestan de que les llene los zapatos del material que contiene su trapo, y en diversas ocasiones le han dado algunos puntapiés que salen de la primera reacción que tienen algunos sujetos que se sorprenden de que un niño les esté sujetando la parte delantera de su calzado. Como resultado de su jornada laboral de 4 horas diarias obtiene un usufructo que varía de 30 a 70 pesos diarios, los cuales le sirven para solventar sus gastos de comida y droga que tiene que cubrir. Esa es una triste realidad que encontramos en muchas esquinas de esta la otrora Ciudad de los Palacios.

En conversación telefónica con Mariano Cruz Pérez, jefe de prensa del metro, comentó que dentro de la extensa red de transporte del metropolitano, existen corporaciones que se encargan de salvaguardar la integridad de las instalaciones, conformadas por agrupaciones de la Policía Bancaria Industrial, la SSP y 1,200 vigilantes del organismo, a los que pueden distinguirse con un saco en tonos grises o azules que están bordados con la insignia del Metro. Con respecto a las faltas administrativas en las que incurren los vendedores ambulantes, y las sanciones que se les imponen argumentó: "Es mentira que los vigilantes les decomisen mercancía a los ambulantes, tampoco es cierto que se les deje ir después que hayan dado una parte porcentual de sus ganancias, menos aún es verdad el hecho de que se les agreda física o verbalmente. Cuando se sorprende a una de estas personas incurriendo en este tipo de falta administrativa, lo que procede es remitirlas a cualquiera de las oficinas de la Procuraduría General de Justicia del DF ubicadas en las estaciones Pino Suárez, Martín Carrera y Pantitlán, en donde un juez cívico se encarga de imponer la sanción al infractor."

La mayoría de los vendedores se muestran renuentes a conceder algún tipo de entrevista o comentario, inclusive a que se les tomen fotografías, porque como refirió uno de ellos, que no quiso dar su nombre, se sienten desprotegidos ante la estricta vigilancia que les imponen las autoridades del Metro, además les es difícil trabajar de modo clandestino y bajo el constante cuidado de no ser aprehendidos por los vigilantes. "No es un delito lo que estamos haciendo, es una forma de ganarse la vida en la capital, donde cada vez hay más desempleo o en donde el mercado de trabajo requiere de personas más capacitadas o con carrera para darles un trabajo que tenga un salario bueno, a mí me parece más delito lo que hacen algunos tipos que se suben al metro a cualquier hora argumentando que acaban de salir de la cárcel y que por lo mismo no cuentan con la oportunidad de trabajar, entonces con esas palabras, asustan a los usuarios y casi les obligan a que por su miedo les tengan que dar monedas, eso sí es un delito, porque están mintiendo al obtener dinero para droga".

Tras la intepretación de una canción, se depositan algunas monedas en botes, sombreros o en las manos de los exponentes. Dos señoras, que con premura buscaron entre los resquicios de sus monederos, corresponden a la voz del cantante con 2 pesos y 1.50 respectivamente. Ambas exponen su agrado por este tipo de cantantes que en diversas ocasiones por medio de sus notas, les recuerdan ciertas épocas de su vida o incluso a algunas personas. Abundan en sus comentarios al decir: "Les damos dinero porque ponen todo su empeño en cantar, a algunos ya les es difícil hacerlo por su discapacidad y de antemano sabemos que no van a encontrar trabajo en otro lugar, también sabemos que como nosotras, tienen familia y tienen hijos a los cuales alimentar. En ocasiones, algunos de los jóvenes que cantan lo hacen tan bien, que inclusive uno piensa en que esos muchachitos podrían desarrollarse mejor como artistas si tuvieran los medios que los apoyaran, al final de cuentas, nada quita una pequeña moneda y el desagradable momento que uno puede pasar entre el calor del metro, los apretujones, los pisotones, el mal olor y hasta los robos, están compensados por las voces, o intrumentos que hacen el recorrido menos pesado".

El metro es un lugar de intensa interactividad personal, donde el bochorno y el roce corporal facultan la posibilidad de diferentes desavenencias, es sitio de inagotables experiencias, hitos e incluso es un lugar donde se gesta la leyenda urbana. Es una salida de traslado e incluso es la tumba de los que deciden terminar sus vidas sobre las vías, pero también es un lugar en donde se pueden apreciar diferentes formas musicales, rostros preocupados por agradar el oído de los espectadores para así obtener una moneda o tan sólo una sonrisa que les convide felicidad de convivencia, posible en uno de los 9 vagones correspondientes al convoy.

En lo que se refiere a la explotación de que son víctimas vendedores ambulantes del Metro -principalmente menores de edad, madres solteras y personas de la tercera edad-, baste un ejemplo: Afuera de la estación Muzquiz de la línea B, una vieja camioneta Chevrolet (modelo 74) está repleta de mercancía entre la que alcanzamos a ver cajas de chicles, chocolates, discos compactos, bolsas de bombones, pequeños cuadernos para colorear y otros muchos productos. Un hombre de más de 40 años controla el reparto, da órdenes de las horas que tienen los vendedores para la vendimia; amedrenta a los menores para que antes de las dos de la tarde deben regresar a entregar cuentas.

De un compacto que vendan a diez pesos, su ganacia es de un solo peso; y así de acuerdo al costo de las cosas es el porcentaje de su ganacia. Por ejemplo, un paquetito de chicles de tres pesos les deja 30 centavos de comisión... Esa es la realidad que viven esta personas que están desamparadas y abandonadas a su suerte. Como diría mi admirada Cristina Pacheco... Aquí les tocó vivir.