COMENTARIO A TIEMPO

ARTE EN EL DESIERTO

Por Teodoro Rentería Arróyave.

 

LAGUNA SALADA, MEXICALI, BAJA CALIFORNIA. En una comunión, nunca antes vista y menos por 42 mil almas conmovidas, entre el desierto, la bóveda celeste, el silencio de un mar remoto en el tiempo y el bell canto, nos llevó al goce puro del arte ante la ausencia de interferencias de las modernidades, bueno hasta el equipo de sonido se portó correcto, en el concierto de Luciano Pavarotti y la joven soprano Annalisa Raspagliosi, que se ofreció en el marco de los festejos del centenario de la fundación de Mexicali, la enjundiosa ciudad fronteriza.

 

Si grande era la expectativa de llevar al cabo un concierto en medio de la nada, una laguna que ya no lo es más por la falta del líquido, ésta se convirtió en angustia cuando al iniciarse el “Concierto Pavarotti Sin Fronteras”, el más grande tenor de la segunda mitad del Siglo pasado y principios del actual, se le quebró la voz al interpretar Por la gloria de Advorardi. La exclamación, en una sola nota interrogante del público presente: ¿qué le pasa a Pavarotti? aumentó con la expresión de angustia de un rostro que siempre se nos presenta alegre o en la actuación que requiere la obra a interpretar. Luciano estaba en la incertidumbre.

 

De ninguna manera era parte del montaje, verdaderamente Pavarotti estaba afectado, el polvo, que a todos nos cubría de pies a cabeza, le había lastimado la garganta. Después de limpiarse, hasta en dos ocasiones, con los nada gratas sonidos guturales, las cuerdas vocales, cosa ésta que nunca hace un cantante y menos de la categoría del italiano, resonaron mortificantes a los oídos de una audiencia que había pagado hasta mil dólares.

 

El profesionalismo y la técnica tenían que imponerse, no había de otra, exacto cuando, como se dice en el argot de la ópera, la guapa soprano romana le estaba dando un auténtico baño al divo de divos, Pavarotti a la  mitad del foro, en italiano melifluo ofreció disculpas contrito y sincero: La influenza me ha afectado, dijo, en otras condiciones hubiera suspendido el concierto, por respeto a este público no lo puedo hacer. Trataré de afinar la voz.

 

A pesar de los pesares “el milagro del desierto” se hizo realidad, así lo dije en voz alta y ahora me permito repetirlo. Ahí donde pudiera existir una radio lagartija, la voz de la piedra, donde la quietud fue mancillada, por una sola tarde–noche, con señales de satélite a todo el mundo, donde la flora y la fauna marina, desaparecida, fue suplida por una parafernalia nunca antes pensada de luces y sonidos que embrujaban el ambiente, exacto ahí el grueso tenor, en base a su depurada técnica, ordenaba a su garganta, sopena de un mal mayor, respondiera a la expectativa que de siempre ha creado en los públicos del munedo.

 

Los que entienden de estas cosas de la opera y de las interpretaciones de los grandes, saben que cantar en las condiciones que lo hizo Pavarotti, puede sobrevenir el desgarre que cancela para siempre la voz; voz grandiosa como la de Luciano, que lo ha llevado a todos los escenarios y a todos los triunfos y a todas las ganancias inimaginables.

 

El concierto continuaba, y la Raspagliossi seguía ganando los aplausos no exentos de entusiasta exclamaciones que premiaban su actuación; fue hasta el dúo de La Boheme cuando el público se entregó al tenor italiano, no obstante que esos espectadores, mexicalenses, bajacalifornianos y llegados de todas partes del país, e inclusive del extranjero, no daban crédito, que por el peso, Pavarotti tuviera que cantar sentado.

 

A partir de ese momento se sublimó el tenor de 68 años de edad, quien en plenas facultades, pero ya con la bruma del tiempo, que no perdona, ha tomando la magnífica decisión de iniciar con este concierto en el Desierto de Mexicali su despedida mundial. Un público que le perdonó todo, que esperó paciente que fuera subiendo en una escala de sublimidad, el Vesti la Giubba de Pagliacci de Leon Cavallo prendió los aplausos, para terminar con un encore, acompañado de la Analissa, en el brindis de La Traviata, con el cual hizo cantar a 42 mil gargantas. Así se convirtió el silencio del desierto, en el canto de la bóveda celeste.

 

EN LA ESQUINA. En sendas Jornadas de Periodismo se recordó el 50 aniversario luctuoso de Carlos Septién García, quien legara su nombre a nuestra querida alma mater. Gracias al ímpetu y a la dinámica que le ha impreso a nuestra querida Escuela de Periodismo, “Carlos Septién García”, su actual y joven director Alejandro Hernández, fuimos convocados los egresados para analizar la profesión ante la comunidad estudiantil. Fue un reencuentro con la juventud, que en lo personal mucho me satisface, pero sobre todo me alimenta, para seguir en esta brega para siempre seguir siendo reportero, por continuar en nuestra meta básica de  colaborar en la construcción de la unidad del gremio y en la lucha, desigual pero no imposible, contra las leyes mordaza. Por la defensa irrestricta a la libertad de prensa y expresión y el derecho a la información; y en esa dinámica, lograr que se eleve a rango constitucional federal y en todas nuestras entidades la garantía del secreto profesional del periodista. En esa forma ninguna autoridad judicial o administrativa, por importante que sea, tendría la potestad de obligar a informador alguno a revelar sus fuentes de información.

 

Periodista y escritor. En teodoro@libertas.com.mx agradeceré sus comentarios y críticas. En vivo todos los días en las frecuencias en toda la República de Organización Radio Fórmula Cadena Uno. En la ciudad de México en el 1500 de A. M. de su radio.