MUJERES AL DESNUDO

 

ENTRE LOS CUEROS Y ESCADA

 

Martha Robles

Algunas mujeres están de moda; las demás, no. Algunas mujeres, para hablar de mujeres, se miran a sí mismas. Urgidas de notoriedad, organizan reuniones sociales en las que deslizan intenciones políticas que, dada la situación, se antojan insulsas. Otras, con más energía y menos recursos, se encueran a cielo abierto, vociferan y mientan madres. Unas exhiben sus prendas caras y buenos modos; las otras, sus cuerpos gastados y una vulgaridad incómoda. Su desnudez descubre un estremecedor cansancio de siglos. Las otras, las menos, se refieren a “la equidad de género”. Erguidas, quizá con algún historial que las hizo inconformes, cuidan su dieta, su apariencia y su habla. Desean el poder. Sin ideas y armadas de lugares comunes, juegan el juego de querer decir y no tener qué decir. Dan entrevistas, deliberan sobre sus respectivos atributos presidenciales y, remolonas o no, afirman micrófono en mano: “nuestra hora ha llegado: ¡una de nosotras para Presidenta!”

Las otras, tribu de “cuatrocientos pueblos”, tampoco trasmiten ideas. Son víctimas del poder. Ni siquiera se expresan en español medianamente correcto. El suyo es el hablablabla de los que, hijos de la miseria, apenas han pisado las aulas. Su tono es alto, estridente y tan desagradable que al escucharlas pienso que a Octavio Paz se le olvido escribir en su Laberinto que cuando un mexicano grita golpea la violencia ancestral, huele a azufre y se convierte en una criatura tan repulsiva que ni el espejo humeante puede reproducir el alcance de su monstruosidad. Y cuando una mexicana grita los vidrios se rompen, tiemblan los cerros y el oído queda como traspasado por un filo ardiente. Tipludo, sin armonía y sin pudor, el tono femenino, cuando agudo, es un arma letal y sin duda uno de los peores instrumentos de tortura.

Curiosamente las unas, las que no se desnudan y desean el poder, tampoco tienen un timbre agradable. Sus voces reflejan desajustes traídos de lejos: no hay armonía ni fusión entre el fondo y la forma. No hay gracia al hablar. No hay gracia... Quizá  es cultural, quizá atavismo ancestral o tal vez deformación colonial. Lo cierto es que resulta infrecuente encontrar mexicanas con tonos melódicos al hablar. Es la lectura, ya se sabe, el secreto poder de las letras... En eso las unas y las otras no tienden abismos entre ellas: para ninguna la palabra es sagrada... Sólo una vía sonora, ruidosa, un instrumento que de suyo desconoce el valor del silencio, la pausa, la luz. Tal vez por eso el lenguaje se vuelve agresivo, engañoso... Tal vez sean los tonos tipludos, la falta de claridad y de gracia lo que nos hace dudar, desconfiar...  La palabra... Sí, la Palabra: todo está en ella o contra ella...

Apostadas frente al Senado de la República, para las desnudas no hay discurso ni candidaturas ni grandes planes; sólo furia. Furia tronante y desoladora. Furia sin “atributos de género”. Furia agria, sale expulsada, vomitada por bocas chimuelas. Los pubis se mueven arriba abajo, semilampiños, semitapados con carnes vencidas. Pubis que sólo son pubis “ex-puestos”, portadores de siglos y siglos de engendrar y sumar historias de los vencidos. Gritos destemplados, amenazas, denuncias... ¿Qué piden? ¿Cuál es el problema? No digo El Problema; me refiero a cuál es este problema de hoy que ha hecho decir a un personaje de apellido Yunes; un personaje que no se por qué me hizo recordar algo de La serpiente emplumada –la de Lawrence-, recordar, claro, sólo situaciones literarias porque este señor, allá lejos, en un espacio “protegido”, hablablablaba muy seria pausadamente ante el micrófono sin que ninguno de sus cabellitos teñidos se le moviera de sitio. Y decía algo así como que si él era la causa del problema “no dudaría en renunciar”...  ¡Ahhh!, dije para mí misma, “aquí hay novela de dónde cortar”.

Y aquí, en ese instante y después; ese día y al otro y al otro día continuó cumpliéndose el atavismo cultural denunciado, dramáticamente, por Fray Diego Durán:

“Aquí nadie ha oído ni vido nada”  Y, con el agregado de nuestro tiempo: “Aquí nadie sabe nada. Aquí no ha pasado nada”.

¡Ah, México! ¿Cuándo adquirirán aquí valor las palabras?

Pero son mujeres, muchas mujeres, que tras el ejemplo de sus hombres y pese al recato femenino ancestral, con una cultura cerrada a cuestas, de pronto se despojan del mandil, de los faldones encimados al modesto fondo de algodón rematado coquetamente con puntilla tejida a gancho y de sus blusas que, a veces brillantes, engalanan la pobreza secular. Son mujeres que llevan el pudor en la sangre, son las que peregrinan en rutas polvorientas con los santos en andas y cantando “Oh, María, Madre mía, oh consuelo del mortal...”. Son las que piden de rodillas a la Guadalupana que mitigue sus sufrimientos. Son mujeres que no van al médico y mueren de cáncer de útero porque no pueden bajarse los calzones ante un hombre “ajeno”. Son mujeres que, en sus pueblos, se tapan la boca al reír. Son las del reboso, las de niños y niños adheridos a su vientre, a su pecho o a su espalda... Son mujeres, pues, que deben haber tocado una desesperación muy profunda para haberse atrevido a tirar sus trapos y mostrarse así, tal cual es la pobreza en la intimidad.

Y de pronto, esos cuerpos jamás vistos quizá ni por sus dueñas, quedaron expuestos en el Senado, sin máscara, atuendo ni velo ninguno. Cuerpos que así, de golpe, quedaron a la vista de sus hijos, de sus compadres, de sus conocidos, de nosotros, todos desconocidos. Mujeres que no son hijas de la ciudad envilecida, sino gente de comunidad, fieles hasta lo posible a sus tradiciones... Mujeres de anafre y frijoles en olla de barro. Mujeres que amasan y echan la tortilla al comal. Mujeres que acarrean el agua al amanecer y lavan su ropa contra las piedras. Mujeres sufridas, insultadas por la vida y seguramente también por sus hombres. Mujeres que protegen sus pies con zapatillas verdes de vynil y se cortan las uñas a cuchillo. Mujeres humilladas de la cuna a la mortaja. Mujeres que espulgan el placer con la minucia con la que limpian de liendres y de piojos las cabezas infantiles. Mujeres que milagrosamente aprenden a reír por cosas simples y a sobrellevar la miseria como un mal necesario...

Mujeres de ayer y mujeres de hoy que, de pronto, por causas que los sociólogos siempre adivinan, se cansan de padecer la injusticia, se cansan de su espantosa condición, de tantas burlas, de omisiones, mentiras, fraudes, vejaciones, carencias... miserias. Sólo se cansan. Llegan al límite y así dejan un día la casa, “ésta, su humilde casa”, como dicen. En grupo se echan a andar. Hablablablablan, ríen quizá al imaginar su travesura. Se encaminan, viajan, llegan al Senado y allí, sin más, se encueran. Eso es todo.

¿Eso es todo?

Pasmada, no puedo dejar de mirarlas. Miro sus tetas caídas, tetas que por años mamaron sus niños. Observo sus hombros doblados, sus grandes vientres; vientres de malos y muchos partos... Piel desgastada, piernas cortas, de preferencia venosas, cuerpos usados, muy usados y maltratados... La historia de México se me viene encima. No es la desnudez; es la miseria, la furia acumulada, lo que asoma más allá de la piel... Gritan, gesticulan, dejan en libertad su rabia. Rabia añeja; rabia por lo que cada una sabe en la intimidad; rabia por lo que todas padecen como maldición transmitida de generación a generación. Rabia por no poder mitigar su rabia. Rabia por tanta injusticia, por tantas mentiras, por tanta porquería, heredada de generación a generación... Rabia, sí, porque desde el hueso saben lo que es ser mujer aquí; mujer y pobre, mujer e ignorante, mujer sin pasado ni esperanza ni destino. Mujer. Mexicana, sólo mexicana...

Y oficiosa, sale al ruedo lo mejor de la escena: una senadora panista, peinadita como monja, vestida como tal y hablablablablando “a los medios” como una buena representante de “la vela perpetua”: “esto es una falta de respeto al recinto legislativo”... ¡Ohhhh!, ¡revelación!. Las encueradas no entienden que hay recintos sagrados. Templos de la República en donde, simplemente, no pueden ir con sus carnes feas a incomodar a los congresistas. En realidad, deberían haber organizado su fiestecita privada, una fiestecita nudista y amenizada con conversaciones “a la altura”. Ahí se podría haber pensado algún festejo para exhibir o exponer dónde, cuándo y cómo mostrar el pliego de su insatisfacción. Como dice la senadora panista: “hay modos, ¿no?” Claro, querida, todavía existen las formas, ¿verdad? El problema es que “estas atrevidas” son unas groseras: no tienen límites. Y espera, mi querida y refinada panista: lo que nos falta ver quizá no sean solamente pubis maltratados...

Sí, es cierto: México está cambiando... Hoy ya no es difícil toparse con el grito desesperado. El grito lanzado entre escupitajos y gestos que afean rostros sin afeites. Rostros jamás tocados por mascarilla alguna. Rostros ignorantes de tratamientos faciales, quizá también de caricias lentas, dulces como la miel...

¿Saldrá de entre estas aguerridas hembras una postulación sorpresiva? El contrapunto está ahí, como la realidad, como lo que es... Lo demás es cuento o demagogia.

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FIN DEL ARTÍCULO. MARTHA ROBLES. OCTUBRE 20 DE 2003